Leo un mensaje, mientras desayuno. Está impreso en el tetrabrik de leche: «No es necesario desperdiciar mis materiales. Simplemente aplástame después de usarme y deposítame en el contenedor amarillo, junto con mi tapón, para que pueda convertirme en otros productos.» Hay algo profundamente humano en esa súplica de cartón y plástico. En el fondo, eso mismo es lo que nos ocurre a todos los seres vivos de la Tierra. Nada se pierde, todo se transforma. Todo se recicla. La materia se descompone, se reorganiza, vuelve a entrar en la rueda infinita de la vida. El árbol que cae alimenta el suelo; el animal muerto da vida a otros organismos; incluso la piedra erosionada acaba siendo arena. Vivimos en una cadena silenciosa de transformaciones constantes. Por eso me inquieta un poco la costumbre moderna de los crematorios. No por razones religiosas ni morales, sino porque el fuego interrumpe el ciclo natural. El cadáver arde y se convierte en ceniza. Es una forma de desaparición más que de transformación. Lo cierto es que nos reciclamos en nuestros hijos. En ellos se mezclan nuestras voces, nuestros gestos, nuestros miedos y nuestras esperanzas. No sobrevivimos como individuos, pero la especie continúa, se renueva. La naturaleza ha perfeccionado durante millones de años este sistema prodigioso: nadie es imprescindible, pero todos somos necesarios. Cada generación es material reciclado que se convierte en algo nuevo.
Pensándolo bien, «Recíclame» podría ser un epitafio perfecto. Incluso podríamos grabarlo en las lápidas. No me olvides, recíclame. No me conviertas en un residuo inútil del pasado. Para un escritor, sería un epitafio magnífico. La lápida podría decir algo así: «No es necesario desperdiciar mis escritos. Simplemente cierra mi libro después de leerlo y guárdame en la biblioteca, junto con los libros de mis colegas, para que pueda inspirar a nuevos seres humanos». Porque un buen libro también se recicla. Cada lector lo transforma, lo reinterpreta, lo incorpora a su propia vida. Leer desarrolla la inteligencia, afina la sensibilidad, ensancha el pensamiento. Leer es vivir muchas vidas en una sola, habitar otros cuerpos, otros tiempos, otros paisajes. Un buen libro educa, acompaña, consuela. Es una forma lenta y profunda de reciclaje interior. Tal vez algún día entendamos que nosotros no estamos hechos para ser desperdiciados. Nuestra memoria, nuestras palabras, nuestras obras pueden seguir sirviendo. Bastará con una última petición: recíclame.