En casa somos mucho de jugar. Puedo remontarme a esas largas tardes de verano en que nos juntábamos en torno a la mesa con los Juegos Reunidos Geyper y, sin darnos cuenta, se iba haciendo de noche. Y también a los domingos después de comer, dedicando la sobremesa a cualquier clase de juego de cartas, de palabras, de preguntas y respuestas o incluso de mímica. Mi abuelo catalán fue un experto jugador de dominó y era prácticamente imposible ganarle. Fue él quien me enseñó a jugar a damas y a escambrins. También nos encantaba jugar al asesino, para el cual solo se necesita saber guiñar el ojo sin ser visto. Y estas pasadas fiestas de Navidad nos inventamos un divertido concurso de villancicos, competición que ganó mi sobrino Lluís, acompañándose de su clarinete. Qué bien lo pasamos. Para ser un buen jugador lo más importante es tomarte el juego muy en serio y enfrentarlo con ganas de ganar.
Pero bueno, esto ya depende de cada uno. Ahora me viene a la cabeza Jack Lemmon en El apartamento. Qué gran jugador: su amada está recuperándose de una sobredosis de Seconal y él la intenta entretener jugando a Ramiro… En fin, que jugar nos ha proporcionado muchos momentos felices. Sin embargo, nunca hemos sido aficionados a juegos de compras y ventas. No tenemos Monopoly ni nada que se le parezca. Esto de hacer negocios no nos va en absoluto. Vamos, que no le vemos la gracia por ningún lado. Tal vez por eso nunca hemos desarrollado ninguna clase de afición a las ambiciones desmedidas (comprar calles, edificios, países…), algo que ahora mismo está tan de moda. Ignoro a qué jugó Trump en aquellos años en que jugar lo es todo. Cuando oigo que quiere comprar Groenlandia pienso si no estaría bien que alguien le guiñase un ojo. Sin ser visto, claro.