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Jóvenes sin política: un fracaso colectivo

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Se repite con insistencia que los jóvenes «pasan de la política», que no creen en la democracia ni en su capacidad para transformar la sociedad. Se les acusa de vivir desconectados y de dejarse seducir por los mensajes simples y emocionales de la ultraderecha. Sin embargo, esta explicación cómoda oculta una verdad incómoda: esta desafección no es solo responsabilidad de ellos, sino un fracaso colectivo.

Hemos asumido el individualismo como norma y hemos dejado de ofrecer respuestas a problemas esenciales que afectan directamente a la juventud: el acceso a la vivienda, la precariedad laboral, los salarios insuficientes, la formación, la cultura y el ocio. También hemos fallado al no integrar a los jóvenes en la vida social y política, sustituyendo la participación por la marginación y el desencanto.
Tampoco hemos sabido explicar nuestra propia historia. Si se conociera mejor qué fue el franquismo, quiénes se beneficiaron de la dictadura o por qué miles de víctimas siguen aún en las cunetas, resultaría más difícil blanquear el neofascismo. La ocultación del pasado y la normalización de la corrupción —históricamente arraigada en el poder— han contribuido a vaciar de contenido la democracia.

Este vacío es aprovechado por una ultraderecha bien financiada y amplificada por determinados medios de comunicación, que utiliza bulos y discursos de odio para deslegitimar a gobiernos elegidos democráticamente. El auge de estas fuerzas no es casual: el pensamiento crítico siempre ha sido el principal enemigo de los proyectos oligárquicos.

Tengo muy poco contacto directo con los jóvenes; mi conocimiento de su mundo procede casi exclusivamente de las redes sociales y de la información que nos brindan los medios de comunicación. Aun así, he procurado invitar a la reflexión a mis hijos, nietos y a los niños de nuestro entorno familiar, recordándoles que todo lo que hoy disfrutan en sus vidas y en sus hogares es fruto de años de lucha. La educación, la sanidad, los servicios sociales y las mejoras en las condiciones laborales y salariales no cayeron del cielo ni fueron concedidas graciosamente por supuestos salvapatrias, que no son sino la semilla de una corrupción arraigada en la historia de nuestro país.

No hay nada —absolutamente nada— que haya sido un acto de buena voluntad por parte de las derechas. Nunca han mostrado la más mínima sensibilidad social ni han defendido valores democráticos; únicamente han promovido la ambición del dinero y el individualismo meritocrático. Así es como desprecian la educación y la sanidad públicas: no quieren personas que piensen, sino que obedezcan. ¿Dónde estuvieron entre las décadas de los cuarenta y los setenta? ¿Qué es el neoliberalismo para toda esa gran derecha? Es muy sencillo: el sometimiento de todo el poder político y de las instituciones al poder económico.

La democracia no es un estado pasivo, sino una práctica colectiva que debe renovarse constantemente. Quienes tenemos más edad tenemos la responsabilidad de transmitirlo y de recuperar valores como la solidaridad, la memoria y la participación. Si los jóvenes se alejan de la política, quizá la pregunta correcta no sea por qué ellos han abandonado la democracia, sino por qué nosotros la hemos dejado vacía.

En estos años hemos procurado que nuestros hijos, nietos y nuestro entorno social no caigan en esas manadas de borregos neofascistas que expresan su cultura y su política a base de gritos e insultos, coreando consignas como «hijo de fruta…» dirigidas al presidente del Gobierno de España. No creo que vayan a caer en esa miserable situación, porque han ido asumiendo una cultura transformadora y crítica, con capacidad para juzgar, defender y argumentar su propia visión de la política y de la cultura.

Lo que realmente me duele es el silencio del PP: un silencio que, en la práctica, equivale a aplausos dirigidos a esos energúmenos.

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