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Historias de la guerra

El amor y la revolución de Sofia

| Menorca |

La menorquina Sofia Sintes Rosa vivió su vida intensamente en el verano de 1936. Allí estalló y allí se paró. Tenía solo 17 años cuando escuchó que necesitaban enfermeras en el desembarco de Mallorca. Su novio se había apuntado. Ella no lo dudó: «Por unos momentos pensamos que hacíamos una revolución y yo quería participar», explicaría a Llorenç Capellà. La aventura por cambiar el mundo se tornó en tragedia: su novio murió en el frente y, justo después, ella supo que estaba embarazada. Fue su primera y última pareja. A partir de ahí, su cometido en la vida fue rendir homenaje a su amado continuando su lucha.

Como explica el historiador Josep Portella, era la hija bastarda de Joan Manent, gobernador civil de Baleares durante los primeros años de la República. Por eso, Sofia llevaba los apellidos de su madre, con quien tampoco pudo contar, y acabó internada en un orfanato. Allí creció hasta que la adoptó una familia payesa de Sant Lluís. En este pueblo encontró a los dos amores de su vida: su pareja, Valentí Orfila Vinent, y el socialismo revolucionario. Era la tendencia del momento: sumarse a la tarea de cambiar las cosas. Quién le iba a decir que, cuando estallara la revolución, ella se quedaría embarazada.

Los acontecimientos se precipitaron. Como era demasiado joven, se peleó con todos para embarcar con su novio. Al final, le dieron un uniforme de enfermera y una pistola que nunca usaría. El historiador Andreu Murillo publicó su diario de la batalla en el que cuenta la desorganización de las milicias en Mallorca. La mañana del 20 de agosto Valentí le pidió guardarle la comida (dos latas de sardinas y medio huevo duro) y se fue a tomar Son Servera. No sabía que el enemigo les estaba esperando en el Puig de Sa Bassa. Una bala le atravesó el casco y murió en el acto. Tenía solo 20 años. A su lado cayó otro menorquín, Xavier Fiol Vidal, con mujer y cuatro hijos. Sus cuerpos siguen desaparecidos.

Los milicianos tardaron varios días en atreverse a contárselo. Ella seguía preocupada en el hospital cuando recibió la peor noticia de su vida. Su reacción fue coger un fusil y poner rumbo al frente, pero consiguieron disuadirla con un engaño: su novio seguía vivo y la estaba esperando en Menorca. La jovencísima Sofia dio media vuelta corriendo.

Su hijo nació en Barcelona el 25 de marzo de 1937, justo nueve meses después de la revolución, y adoptó el nombre de su padre: Valentí. Ella dedicó el resto de la guerra a cuidarlo y, cuando llegó la derrota, no pasó ni un día en la cárcel porque el alcalde franquista de Sant Lluís, Joan Sintes, la protegió. Como explica Portella, trabajó duro para salir adelante y encima tuvo que aguantar que el jefe de Falange de su pueblo, Joan Petrus, el mismo que había querido encerrarla, fuera el padrino de su hijo.

La vida le daría dos nietos, Elisenda y David, y en la Transición volvió a militar en el Partido Comunista. Capellá la entrevistó en 1986 y todavía llevaba una foto de su novio en la cartera: «He seguido luchando por aquellas ideas que un día de agosto nos llevaron a los dos a una fiesta que para mi compañero no tendría retorno. He hecho míos sus anhelos». Siguió activa en política hasta que murió en 1997, con 79 años.

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