Cuando uno estudia la Constitución, el sistema democrático, las instituciones del Estado y todo ese rosario de estafas y mentiras, podría llegar a creer que, en efecto, esa gentuza que se sienta hoy en los casi dos mil escaños parlamentarios que existen repartidos por todo el país representa al pueblo. Pésima opinión tendríamos de nosotros mismos para creer algo así. Desde el parlamento autonómico más modesto hasta el Congreso de los Diputados y el Senado, la única actividad que se realiza es el trilerismo. Eso siendo suaves. La última moda consiste en crear paquetes de medidas -al estilo de la macroestafa de las hipotecas subprime de los bancos- que deben aprobarse en conjunto, aunque no tengan nada que ver unas con otras.
Es una trampa burda para que un determinado grupo político se vea forzado a votar «sí» porque una de las medidas es muy popular y trague así con las demás propuestas que, de otro modo, rechazaría. El Gobierno de Pedro Sánchez se ha aficionado mucho a esto. Pero no es el único, ocurre en todos los parlamentos. En un país de analfabetos y pasotas, más pendientes del fútbol, la cerveza en el bar y el chismorreo de turno, todo esto pasa desapercibido, pero la corriente general que rueda en los corrillos y en las redes es que la política está tan degradada que solo los «patriotas» podrán salvar este país. Y Europa entera. Un discurso aterrador que, en el fondo, se fomenta de forma intensiva desde las instituciones. Porque en lugar de hacer política seria, se dedican a la demagogia. En vez de permitir que cada grupo parlamentario vote «sí» o «no» con la convicción de que representan los intereses de sus votantes, eligen el trilerismo. Lo terrible es que la suerte ya está echada.