El jueves 29 de enero en la agenda oficial del presidente del Gobierno no constaba ningún acto. Por eso se convertía en noticia la ausencia de Pedro Sánchez del funeral celebrado en Huelva por los 45 fallecidos en el accidente de Adamuz. Noticia doblemente llamativa porque a dicha ceremonia sí asistieron el rey Felipe y la reina Letizia. No asistir a un acto que trataba de consolar a los familiares de las víctimas cuyas vidas quedaron truncadas cuando viajaban de vuelta a sus casas, reclama una explicación.
Explicación que, por analogía con lo sucedido en otras ocasiones, asocia la ausencia de Sánchez en determinados actos públicos al temor a la reprobación y el abucheo por parte de los asistentes. Como ocurrió de manera tan espontánea como explícita en la localidad valenciana de Paiporta tras la trágica riada que había quebrado las vidas de 220 personas. En aquellas circunstancias el dolor y la ira de los habitantes que habían sobrevivido cursó en forma de insultos contra Sánchez. En medio de la tensión del momento algunos exaltados llegaron a zarandear el vehículo presidencial. Sánchez salió a la carrera del lugar cuyos vecinos también habían insultado al entonces presidente de la Generalitat, Carlos Mazón. Bien otro fue el trato y la relación de los habitantes de Paiporta con los reyes don Felipe y doña Letizia, que también se habían acercado a la localidad para trasladar el cariño y la solidaridad de todos los españoles con quienes habían sufrido tan descomunal desgracia.
A unos les abuchean y a otros les aplauden. Es en ese contexto en el que encuentra explicación la clamorosa ausencia de Sánchez del funeral de Huelva. Dice mucho de la situación política anómala por la que atraviesa un país cuando quien lo preside no se atreve a salir a la calle.