Hoy 2 de febrero el calendario tradicional señala la fiesta de la Candelaria. Es una festividad discreta, nada de grandes fastos, y estoy seguro que hoy en día muchos ya ni se enteran, entre otras cosas porque no es día feriado. Es una celebración casi íntima, casera, relacionada con la luz y la protección milagrosa de la Virgen. En España, durante siglos, la Candelaria ha venido siendo una fecha marcada por rituales humildes que mezclan liturgia cristiana y sabiduría popular. El acto central era la bendición de las candelas. En las iglesias se bendecían velas que los fieles guardaban en casa como un tesoro. No para usarlas como velas decorativas, sino para encenderlas en ocasiones penosas como tormentas, enfermedades o cuando llegaba el instante fatídico de la muerte («En aquel momento terrible, Jesús misericordioso tened piedad de mí»). La muerte negra se presentaba en la casa, era invisible y había que encender la vela para contemplar su rostro horrible, o su engañosa cara de doncella pura, aunque armada de guadaña. La vela bendita protegía, acompañaba, ayudaba a superar el miedo. En muchos pueblos se organizaban procesiones con velas encendidas, mientras el refranero dictaba sentencia: «Por la Candelaria, el invierno fuera; si no fuera, dentro queda».
A la Candelaria le seguía San Blas, el 3 de febrero, y ambas fiestas formaban parte de un mismo ciclo. Si la luz protegía la casa, San Blas, abogado de los males de garganta, traía consigo los panecillos bendecidos que se elaboraban en casas y tahonas y se guardaban durante todo el año. Eran duros como piedras, y uno se comía un pedacito cuando aparecía la afonía o el dolor al tragar. En Menorca, esta costumbre tuvo especial arraigo: los panets de Sant Blai se bendecían, repartían y conservaban como un antídoto contra la enfermedad. Panecillos llenos de moho, velas que daban una luz agónica, agua de Lourdes turbia en una pequeña garrafa, estampas… Antiguos remedios contra «un mal dolent». Donde esté la religión que se aparte la ciencia. Una vez, en el colegio, se rifó una vela de la Candelaria y me tocó a mí. Mi madre se alegró mucho al verla. Vivíamos en el campo y las noches de tormenta eran espantosas. Mi madre encendía la vela y aseguraba que nos protegía de los relámpagos. La noche se convertía en día, y ella se encaramaba a la mesa de la cocina, vela en mano, y decía «Credo» y a continuación recitaba: «Santa Bàrbara va pel camp, etc.» Lo cierto es que nunca nos cayó un relámpago.