Bien pudiera parecer que practicar el noble arte de la escapada es algo muy difícil. Más que nada porque no se puede escapar un poco: si te escapas te tienes que escapar hasta el final. Solo así consigues tu objetivo. Pienso ahora, por ejemplo, en aquellos escapistas del circo que se cubren de cadenas, candados y demás instrumentos que los sujeten fuertemente mientas están bajo el agua. Esta es la demostración de que si uno se tiene que escapar no vale un término medio («se ha medio escapado; solo le faltaba un cerrojo» movería a risa). También los suicidas frustrados son unos escapistas de mierda, en el fondo. Al ser la escapada algo que no se puede practicar, su dificultad aumenta considerablemente. En esto acabé pensando yo hace unos días cuando fui a una agencia de viajes a comprar unos pasajes.
Tuve que hacerlo porque debo marcharme unos días y, bueno, los malos tragos es mejor pasarlos cuanto antes. Mientras esperaba a que me atendieran me fijé en los anuncios que tenían en oferta. Decían: «Haz una escapada. Ahora es el momento». Tengo el defecto de fijarme mucho en todo lo que es superfluo y que no constituye el núcleo de las cosas, es decir, de lo prescindible. Así que me adentré en aquellos carteles publicitarios. Según explicaban, las escapadas son lo que más atrae al viajero que no dispone de tiempo para hacer turismo. Se trata de escapadas de verdad, cada una con su adjetivo calificativo: románticas, gastronómicas, enológicas, de shopping, culturales, de aventura, de bienestar y hasta religiosas…
En fin, que quien no se escapa es porque no quiere. Cuando la joven de la agencia me ofreció asiento y me preguntó en qué me podía ayudar, volví rápidamente a la realidad. Y la realidad es que tengo que irme unos días. Qué pena. Yo es que me escapo fatal. Lo confieso.