Escritor y poeta, pero también filósofo, Ponç Pons es un menorquín bondadoso y culto que nos hace pensar y nos reconcilia con nosotros mismos cuando nos interpela la incertidumbre vital.
Acude el profesor de Literatura jubilado a sa Figuera Verda, una porción de tierra, una parte de sa marina, no muy lejos de Alaior, donde habita el silencio. Era uno de sus sueños; adquirió aquel terreno boscoso; y allí escribe, discurre, en una cabaña de madera, sin electricidad. Al anochecer, a la luz de las velas. Ponç siente una gran necesidad interior de relacionarse con la naturaleza. Es su hábitat más querido, donde no hay ningún ullastre feo. Sabe identificarlos, incluso habla con ellos.
Antes de ir a sa Figuera Verda, el autor de Memorial de Tabarka, Dillatari y Pessoanes, supo que su maestro era Henry David Thoreau (1817-1862), escritor, poeta y filósofo como Pons. Considerado el padre de la desobediencia civil, pionero de la ecología y de la ética ambientalista era un disidente nato, convencido de la bondad de la naturaleza, como el morador de sa Figuera Verda.
De Thoreau aprendió Ponç Pons a simplificar, más allá de lo bueno, de Baltasar Gracián. El pensador de Alaior, que se define «menorquí fins al moll enblancat dels meus ossos», distingue entre lo importante y lo superfluo. Ha aprendido que con poco se vive bien y cuáles son las cosas fundamentales. «Sobre todo el amor, porque sin amor no se puede vivir. Y no se alude únicamente a la pareja, también a la amistad, el amor a la naturaleza, al trabajo, a la cultura».
¿Y dónde está la sabiduría, amigo Ponç? La encuentra en descubrir lo que es esencial y nos puede hacer mejores, más humanos, libres y felices, para alcanzar los tres ideales: sentido, belleza y verdad.
Thoreau, persona profundamente religiosa, escribió: «la felicidad es como una mariposa; cuanto más la persigas, más te eludirá, pero si prestas atención a otras cosas, vendrá y se sentará suavemente en tu hombro».