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Menores, internet, peligro y prohibición

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Limitar el uso de las redes sociales a los menores es necesario, pero llega tarde. El 1 de junio de 2023 escribí una columna en este diario titulada «Si tienes hijos, léeme». Hablaba de la necesidad imperiosa y urgente de impedir el acceso de los chavales a las herramientas tecnológicas infames y perversas que difunden basura y crueldad. Que era importante prevenir en lugar de reparar. Expertos se han hartado de explicar los efectos nefastos de las redes en nuestro cerebro. Y ni políticos ni padres ni educadores hemos sido responsables. Hemos lanzado a nuestros hijos por un precipicio sin red, enriqueciendo a personas y empresas sin escrúpulos, haciéndoles drogadictos de consumo digital.

Los insultos de Elon Musk a Pedro Sánchez por su propuesta de prohibir redes a menores de 16 años evidencian la talla (in)humana de este sujeto. Le da igual la destrucción de la salud mental de los niños y jóvenes mientras siga sumando ceros y continúe siendo la persona más rica del mundo. Él y sus plataformas manipulan las consciencias sin ninguna ética.

Las escuelas públicas de Seattle presentaron una demanda pionera contra los gigantes tecnológicos propietarios de TikTok, Instagram, Facebook, YouTube y Snapchat. Les culpan directamente del empeoramiento de la salud mental de los niños y sus problemas de comportamiento como ansiedad, depresión, trastornos alimentarios y ciberacoso. Entre los pleitos que se han ido sumando, hay de padres cuyos hijos se suicidaron.

El suicidio es la cuarta causa de muerte en jóvenes de entre 15 y 19 años. ¿Qué puede llevar a que cada año 200.000 jóvenes, teniendo toda la vida por delante, decidan morir voluntariamente? La ideación suicida se da en edades cada vez más tempranas. Aunque los expertos nos dicen que no hablemos de una sola causa, la OMS, la ONU y entidades como El Teléfono de la Esperanza, Save the Children o la Fundación ANAR reconocen que la pandemia, el bullying y el ciberacoso están detrás de la mayoría de casos. En uno de sus informes, ANAR constata que en una década los intentos de suicidio de niños y jóvenes, y hablo solo de los gestionados por esta Fundación, han incrementado cerca de un 1.800 por cien y las autolesiones más de un 5.500 por cien. Ponen el foco también en el crecimiento de la depresión y la ansiedad, es decir, en la salud mental.

Entre los causantes no podemos dejar de citar Internet y, en concreto, las redes sociales como elemento muy abyecto, sobre todo entre los jóvenes. De hecho, hay un concepto reciente, el cibersuicidio, que, según López Martínez (2020), constata la relación «entre conducta suicida, Internet y redes sociales» y que no es solo un canal de información, sino también de encuentro entre usuarios con esta ideación.

La tecnología tiene su lado oscuro: un ecosistema de comunicación con gran capacidad de multiplicación de mensajes dañinos y bulos, que ha pulverizado los conceptos de intimidad y privacidad, y con gran capacidad de influencia, sobre todo entre las generaciones más jóvenes. Es urgente protegerles, aunque ya somos cómplices.

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