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Tribuna

Eros y obuses

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Pongámonos serios: después de tantos años escribiendo columnas acerca de este tema que solamente nos interesa a cuatro pervertidos, jamás pensé que tendría que lanzar desde aquí una de esas advertencias de «no lo intenten en casa» que se colocaban antiguamente en los programas de televisión con contenidos de alto voltaje (y que cada uno/a entienda lo que le apetezca). Y todo viene al caso por ese asunto de un joven francés que ingresó en urgencias esta misma semana nada menos que con un obús alojado en el recto, y no un obús cualquiera, sino uno que databa de la Primera Guerra Mundial. Y es que de verdad, ahora sí que hay que decirlo bien alto: hay que ser pervertido para utilizar semejante artefacto en los tejemanejes del Eros, porque habida cuenta de la infinita gama que hay de ellos respecto a formas, tamaños, texturas, colores, con vibración o sin vibración, y un largo etcétera, digo yo que no hay necesidad alguna de poner en riesgo la salud de uno mismo (y tampoco la de los demás, ya que se precisó la ayuda de los artificieros por la potencial explosividad del objeto, y casi es mejor no imaginar lo que hubiera pasado en caso de no haber salido bien la operación), y menos en la búsqueda de un placer que debe ser precisamente eso, es decir, placentera. Porque desde luego que experimentar está muy bien, pero siempre con seguridad y criterio, así que ya saben: por mucho que lean noticias semejantes en los periódicos, no lo intenten en casa.

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