1-II-26 domingo
Ante la avalancha de opiniones sobre la última regularización de inmigrantes, se me ocurre un entretenimiento para relajar un poco el ambiente, a base de afirmaciones (¿post casts?) que se suelen escuchar a pie de calle y en determinados medios, ahora que se regula por sexta vez, entre todos y cada uno de los presidentes, a excepción del señor Rajoy, más partidario de que los problemas se arreglen solos. Veamos algunas de estas aseveraciones y apliquémosles el viejo juego del verdad o mentira, a gusto de cada cual, obviamente:
«La sanidad pública española es lenta porque los ambulatorios están llenos de inmigrantes».
«Como no pongamos freno a la invasión musulmana acabarán por hacerse con el mando» (algo así, como el gran reemplazo, anuncia el literato francés Houllebecq).
«Todas las ayudas a comedor se las dan a los niños extranjeros».
«El Ministerio del Interior oculta que la mayoría de los violadores son extranjeros».
«Regularizan para que haya más votantes de izquierdas».
¿De veras? Acudamos a Voltaire: «La ignorancia afirma o niega rotundamente: la ciencia duda».
2-II-26 lunes
Mi querido amigo Sebastià Rotger nos explica en una charla celebrada en Ferreries, de la que da cuenta en «Es Diari» (Lluís Orfila, «El ferrocarril en Menorca, un proyecto real») las vicisitudes del finalmente abortado proyecto de tren en Menorca a principios del siglo XX que había sido acogido con júbilo por la sociedad menorquina. Concluye el interesante reportaje de «Es Diari» afirmando que nadie en la Isla, ni del ámbito público ni privado, haya mostrado, más de un siglo después, interés por activar un ferrocarril en Menorca...
El reportaje activa el sector memorístico de mi cerebro y acude un recuerdo que dormía el sueño de los injustos, porque seguramente merecía más y mejor atención. Cornelius Van Eck, un funcionario comunitario, holandés de nacimiento, entonces residente en Menorca, se me presentó hace varios lustros como Senior Adviser de Mediatiors in Logístics and Transport, y recuerdo que se mostraba muy preocupado por el nivel de ruidos en la Isla y por la congestión de tráfico (no vino a verme por esto sino para un examen oftalmológico, pero una cosa llevó a la otra).
El asunto derivó hacia una cita con las autoridades del Consell para mostrarles el anteproyecto de lo que para él era la solución del transporte en la Isla. Decía así, bajo un epígrafe significativo: New road to the future. Monorail as public transport. Y continuaba (traduzco en mi precario inglés) diciendo: «La mejor alternativa para Menorca para solucionar el problema de la congestión es empezar a pensar seriamente en el sistema del Monorraíl. Tiene múltiples ventajas; es relativamente barato comparado con otros sistemas de transporte, es seguro, con bajas emisiones, y respetuoso con el medioambiente…».
Con el señor Van Eck, presentamos el dossier, de más de cincuenta páginas, a las autoridades del Consell. Se celebró una reunión, pero el asunto languideció hasta su irremediable deceso y nunca más se supo.
3-II-26 martes
Rifirrafe interminable alrededor de lo que los políticos llaman «comisiones de investigación» y yo llamaría de desguace, en medio de una escandalera digna de mejores causas. El tono es bronco, desagradable y no se sustancian pormenores ni responsabilidades en la muerte por ahogamiento de más de doscientas personas en el caso de la DANA que presuntamente era el asunto a tratar, sino que la sesión transcurre entre insultos, apelaciones a ETA (¿hasta cuándo, vive dios?) y un ajuste de cuentas entre un desatado Feijóo y un faltón Rufián que, todo lo que atesora de buen parlamentario lo dilapida con unos excesos barriobajeros. La sesión es un esperpento indigno de una democracia madura, un síntoma inquietante de la degradación sociopolítica de nuestro país.
La guinda de tan indigesto pastel la pone la concejala de un pequeño pueblo aragonés que se cuela en un mitin socialista para darse el gustazo de llamar «hijo de» al presidente del Gobierno, siguiendo la estela de la revoltosa presidenta de Madrid, que abrió la veda con su celebérrima oda a su pasión por la fruta.
En fin.