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El circo del señor creído

| Menorca |

Aunque con días de retraso, aquel curioso circo había llegado finalmente al pueblo. Y sí, era un circo curioso porque contaba con un público fiel y poco reflexivo que daba siempre por inefables sus actuaciones, por muy deleznables que estas fueran. A esos feligreses se unían otros que acudían a la festiva lona por mero interés. Otra curiosidad palpable era que la compañía carecía de programa desde hacía tres años, incumpliendo una sagrada ley, al no haber podido conseguir que los espectadores se pusieran de acuerdo en qué ver. Así que Pedro Creído, el director de la movida, tenía que apañárselas como podía, atareado permanentemente en el difícil arte de su supervivencia…

Aquella tarde la cosa no había empezado bien. Cinco minutos antes del inicio de la función, se había producido un apagón. El maestro de ceremonias, Óscar Bridge se había dirigido a los asistentes para rogarles que hicieran uso de mecheros, móviles y candelas... «Estimados amigos: la demora en la llegada al pueblo se debe a los retrasos ferroviarios que hemos sufrido. Pero no nos culpéis, pues eso es cosa del calentamiento climático y de los antepasados, concretamente del hombre de Cromañón, que no supo instalar y mantener debidamente los raíles de la red ferroviaria… También el clima es, sí, responsable, ya que la llovizna de hoy ha causado el cortocircuito de nuestros generadores y, por tanto, este apagón» –afirmó convencido mister Bridge. Los aplausos no se hicieron esperar por parte de los dóciles espectadores. Eran atronadores y acompasados gracias a la batuta de la subdirectora primera del circo. De hecho era popularmente conocida por el nombre de La Palmera y entre sus funciones preferidas estaba la de cobrar las entradas a los asistentes, subiendo, incesantemente, el precio de las mismas.

Mister Bridge continuó: «Iniciaremos el espectáculo con un número de equilibrismo, que efectuará el propio director del circo, Pedro Creído. Y, ¡creedme!, no es fácil mantener el tipo ahí arriba cuando el artista ha de contentar a todos sus seguidores, especialmente si estos se mueven por afanes diversos y, en ocasiones, opuestos. Aunque nada hay que temer, pues la representación se efectúa con red, la que tejió y conserva don Candidez Compungido, un auténtico crack a la hora de socorrer al amado trapecista».

Sonaron, nuevamente, los aplausos, mientras un ventrílocuo hacía las delicias de los asistentes con sus veintidós marionetas que repetían las consignas que Pedro les lanzaba desde el alambre… Más que un número circense, aquello se asemejaba mayormente a un acto de hipnosis colectiva en el que no faltaban enfervorizados gritos de veneración. «¡Bravo! ¡Bravo!».

Y, aunque el espectáculo no dejó de registrar continuos incidentes (provocados en esta ocasión por Judas Iscariote, Nerón y Locomotoro), concluyó con dos números prodigiosos, ejecutados también por don Pedro Creído. En el primero, micrófono en mano, don Pedro afirmaba algo que contentaba al ala izquierda del aforo y cuando la opuesta –minoritaria, pero vital- le abucheaba, el sr. Creído cambiaba de registro sosteniendo la tesis contraria. A esos actos de travestismo los denominaba «cambios de opinión». Y, en el segundo, el sr. Creído, especialmente cuando percibía el descontento del público, se sacaba de la chistera algo populista que contentara momentáneamente al personal…

Finalmente, a la salida, el publicista del espectáculo, un tal sr. Tenazas, se empecinaba en señalar que el show había sido un verdadero éxito, mientras la carpa daba nuevos e inequívocos síntomas de descomposición…

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