«La lluvia en Sevilla es una maravilla». La frase suena ligera, casi musical, como si el agua fuese siempre una bendición amable que refresca calles y despierta voluntades. Pero la lluvia en el sur, estos días pasados, más que maravilla ha sido pesadilla. El cielo se abrió con violencia, y el agua arrasó. Las sucesivas borrascas atlánticas y episodios de inestabilidad —con frentes encadenados y lluvias persistentes— han golpeado con fuerza a Andalucía. Los ríos crecieron con rapidez, se anegaron caminos rurales y muchas carreteras quedaron cortadas. Hubo desalojos preventivos, familias que abandonaron sus casas ante el riesgo de derrumbe, rescates de vehículos atrapados en cauces desbordados y daños cuantiosos. El terreno, saturado tras días de precipitaciones continuas, se volvió inestable. Los muros cedieron, los taludes se deslizaron, el barro entró en las viviendas y hasta los enchufes manaban agua.
La Tierra, es cierto, ha atravesado en sus millones de años de historia cataclismos infinitamente más devastadores: glaciaciones, erupciones masivas, impactos de asteroides. Desde esa perspectiva geológica, lo ocurrido ahora podría parecer insignificante. Pero hay una diferencia esencial: aquellos desastres se desarrollaban en enormes periodos de tiempo. Los actuales se desencadenan en cuestión de horas o días y afectan a sociedades densamente pobladas y vulnerables. Además, la ciencia advierte que el calentamiento global intensifica el ciclo del agua. Un mar más cálido favorece una mayor evaporación; la atmósfera cargada de humedad descarga luego precipitaciones más intensas. La actividad humana —la quema de combustibles fósiles, la deforestación, la urbanización desordenada— ha alterado los equilibrios. Las previsiones no invitan al optimismo. En el futuro, episodios similares volverán a repetirse. Puede que incluso con mayor violencia. No todas las naciones reconocen la gravedad del problema, ni todas están dispuestas a asumir los costes políticos y económicos de las transformaciones necesarias. Al contrario, se concentran en el crecimiento inmediato —construcciones en zonas inundables, consumo energético excesivo— y descuidan la reducción drástica de emisiones, la apuesta decidida por energías renovables, la planificación urbana responsable, la protección de cauces naturales o la reforestación. La lluvia seguirá cayendo con furia, no debemos vivir como si nunca fuese a hacerlo. A veces será una maravilla, otras una pesadilla.