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Levantando el velo

Pasado abierto, presente en tensión: la Guerra Civil

| Menorca |

Hay episodios de la Guerra Civil española que, por incómodos, tienden a diluirse en el relato público. Sin embargo, cuando el pasado se convierte en eje del debate político contemporáneo, esos mismos episodios reaparecen cargados de significado.

Uno de ellos es la violencia desatada contra la Iglesia en la zona republicana durante los primeros meses del conflicto. No se trata de una interpretación ideológica, sino de hechos documentados por la historiografía: miles de sacerdotes, religiosos y religiosas fueron asesinados entre 1936 y 1939; trece obispos murieron víctimas de la violencia; conventos y templos fueron incendiados; imágenes, archivos y objetos sagrados destruidos. Hubo además episodios de torturas, profanaciones, violaciones y agresiones contra religiosas que marcaron profundamente la memoria eclesial.

En amplias zonas bajo control del Frente Popular, especialmente en el verano de 1936, el colapso del orden público permitió que grupos revolucionarios actuaran con extrema violencia contra todo lo que simbolizara la Iglesia. Para la jerarquía católica, aquello no fue simplemente una derivada caótica de la guerra, sino una persecución religiosa de gran escala, perfectamente orquestada, consentida y organizada. La magnitud de los asesinatos —que afectaron a aproximadamente el 13% del clero secular y a un porcentaje aún mayor de religiosos en algunas diócesis— consolidó la convicción de que el catolicismo estaba ante una amenaza existencial.

Desde esa perspectiva, el apoyo al alzamiento militar no se entendió como una adhesión ideológica al autoritarismo, sino como una cuestión de pura supervivencia institucional y física. Muchos obispos consideraron que, sin la victoria del bando sublevado, la Iglesia en España podía quedar aniquilada o reducida a la clandestinidad. El lenguaje de «Cruzada» no surgió solo como propaganda política: reflejaba la percepción de estar librando una guerra por la propia continuidad del culto y de la vida religiosa.

En ese contexto, Franco fue presentado como el garante del restablecimiento del orden y de la libertad de culto para la Iglesia. Con el avance de las tropas nacionales, se reabrieron templos, regresó el clero a sus parroquias y se restauraron estructuras eclesiales desmanteladas en zona republicana. Para amplios sectores católicos, aquello se interpretó como una auténtica salvación frente a un proceso que había mostrado rasgos de violencia sistemática.

Ahora bien, el pasado que hoy vuelve al centro del debate político no puede contemplarse de forma fragmentaria. La alianza entre la Iglesia y el régimen franquista no fue meramente defensiva; se convirtió en un pilar estructural del nuevo Estado. El nacionalcatolicismo fusionó identidad religiosa y poder político, otorgando al régimen una legitimidad sacralizada que marcaría durante décadas la vida pública española. Esa simbiosis tuvo consecuencias profundas, tanto para la credibilidad moral de la Iglesia como para su relación futura con la sociedad.

De ahí que, en el presente, resurjan tensiones cuando se abordan cuestiones simbólicas como el Valle de los Caídos y su resignificación. El debate no es solo arquitectónico o patrimonial, sino profundamente político y moral. Personalmente, considero que el Valle de los Caídos debería ser contemplado ante todo como un templo de oración, concordia y reconciliación permanente. Allí reposan víctimas de uno y otro bando; españoles que, más allá de la trinchera en la que combatieron o fueron arrastrados, compartían una misma patria y una misma tragedia. Ese lugar, marcado por la cruz que lo preside, podría y debería recordarnos que ninguna victoria compensa el desgarro de una guerra civil.

No es de extrañar, pues, que para algunos sectores la actitud actual de parte de la jerarquía episcopal parezca distante respecto a la memoria de la persecución religiosa y al papel que Franco desempeñó en la restauración del culto. De ahí también las acusaciones de ambigüedad o de excesiva cautela institucional en un contexto político particularmente polarizado.

Si algo nos enseñan los restos que allí descansan es que la paz duradera no se construye sobre la revancha ni sobre el olvido selectivo, sino sobre el perdón y el abrazo entre hermanos. Solo esa argamasa —la del reconocimiento mutuo del dolor y la voluntad sincera de reconciliación— puede sostener una convivencia firme y auténtica.

La violencia anticlerical de 1936 fue real y brutal; la percepción de amenaza existencial también lo fue para quienes la vivieron. Pero igualmente cierto es que la identificación prolongada entre Iglesia y régimen condicionó durante décadas la pluralidad política y la imagen pública del catolicismo en España.

Una memoria completa —especialmente cuando el pasado se invoca desde la política actual— exige reconocer ambos planos: la magnitud de la persecución sufrida y el alcance de la alianza posterior. Solo así puede evitarse la tentación de la amnesia selectiva, ya sea sobre las brutalidades cometidas contra la Iglesia o sobre las implicaciones de su respaldo a un régimen autoritario.

Y, sin embargo, la política española contemporánea parece avanzar en sentido contrario. Desde que el presidente Pedro Sánchez optó por una estrategia de fuerte confrontación simbólica en torno al pasado, el clima público se ha tensado aún más. Más allá de la legítima reparación a las víctimas, a todas las víctimas, la sensación para muchos ciudadanos es que el pasado se utiliza como herramienta de división en el presente.

Cuando la memoria se convierte en arma política, deja de ser memoria compartida y pasa a ser trinchera. España necesita verdad histórica, sí; necesita reconocimiento y justicia, sin duda; pero también necesita altura de miras y voluntad de reconciliación. Volver una y otra vez al enfrentamiento simbólico corre el riesgo de erosionar aquel espíritu de concordia que hizo posible la Transición.

El pasado sigue abierto, pero el presente no debería quedar prisionero de él. La historia, cuando se examina con rigor y sin miedo, no divide: enseña. Y quizá el mayor homenaje que podamos rendir a todas las víctimas sea convertir la memoria en compromiso firme de reconciliación, para que España no vuelva nunca a enfrentarse a sí misma. Porque si algo debería enseñarnos la Guerra Civil es que España no puede permitirse, nunca más, construir muros entre hermanos.

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