Los viejos del lugar no damos crédito a la última estrategia de márquetin de la extrema izquierda española. Si preguntamos en la calle a los nacidos después de 1970, es decir, a la inmensa mayoría de la población, el término político ‘movimiento’ no les dirá -afortunadamente- nada.
Pero a quienes peinamos canas, que un grupo político supuestamente progresista se aferre a un vocablo con semejante historia en nuestro país nos da que pensar.
Sumar ya no va a ser más Sumar, ahora será el ‘Movimiento Sumar’. No hi ha temps que no torn, que diría mi abuela Margalida. Les ha faltado definirse como el Glorioso Movimiento Salvador de España, aunque, quizás, de pensarlo, lo piensen. Definitivamente, los extremos se tocan, y está claro que no hay nada más parecido a un fascistoide que un comunistoide.
Lo más chusco del asunto es que, si asume las riendas del Movimiento Yolanda Díaz -algo que no está nada claro- podrá ser definida en rigor como ministra secretaria general del Movimiento, y, si Més per Mallorca continúa su idilio con los comunistas reciclados, Lluís Apesteguia podría devenir en jefe provincial del Movimiento (Sumar) en Balears. El cargo de delegada de la Sección Femenina será disputado. Quizás Neus Truyol se postule. Qué cosas.
Otra clase de movimientos sí serían deseables en el escenario político. Por ejemplo, estaría bien que los de Abascal comenzasen a decidir qué quieren ser de mayores, id est, si priorizan, como parece, la destrucción del sistema bipartidista imperfecto nacido en nuestra Transición, aunque ello suponga alargar la agonía del sanchismo que soportamos todos los españoles, o si les queda un átomo de sentido común y prefieren asumir tareas de gobernabilidad compartida con los populares para comenzar a enderezar el rumbo ante los múltiples problemas que padecen los ciudadanos y que no pueden esperar. Confieso que soy pesimista al respecto. Vox evidencia una deriva interna personalista y autoritaria, centrada en su líder único -los demás son decorativos-, quien muestra una inquina exacerbada y un profundo e irracional resentimiento hacia su expartido. La defenestración más o menos provocada de toda cuanta cara visible pudiera hacerle sombra -desde el liberal Espinosa de los Monteros hasta el inclasificable Ortega Smith- y la omnipresencia de Abascal en actos de campaña, minimizando a los líderes autonómicos y convirtiéndolos en simples peones sometidos a la estricta obediencia a su jefe, son prácticas dudosamente democráticas que han denunciado muchos de los damnificados. En Balears tenemos nutrida muestra de ello. Las recetas simplistas de Vox seguirán teniendo calado entre un electorado cada vez más cabreado con Pedro Sánchez, pero para gobernar hace falta algo más que concitar el respaldo de los indignados. Y, si no, que le pregunten a Pablo Iglesias.
Nada de lo anterior es óbice para exigir al PP que también se mueva y facilite los pactos. Superado el trauma de saber que Vox ha llegado para quedarse, conviene dejar de lamentarse y ponerse a trabajar. A la política se viene llorado.
Los electores de PP y de Vox lo que quieren es que, de una vez, los gobiernos de la derecha comiencen a funcionar. Enfrentamientos como los de Extremadura dan aliento a una izquierda agonizante.