«Hay quienes nunca se disculparán por el mal que te hicieron, pero sí te juzgarán por la forma en que vives»
Anónimo
A Felipe González, a quien nunca votaste, pero que cuando «cambió de opinión» (sobre la O.T.A.N.) convocó un referéndum. ¡Chapeau!
Resulta curioso que, últimamente, muchas personas se hayan familiarizado con un término perteneciente a la psiquiatría. Te refieres al concepto de «psicópata narcisista». Y te preguntas el porqué, aunque se trata, a todas luces, de una interrogante retórica. ¿Cuáles son las características de esos seres? A saber…
- Egocentrismo. Sólo importa el «yo» frente a cualquier otra persona gramatical.
- Ausencia de empatía. Indiferencia ante el sufrimiento humano. Utilización de este en provecho propio.
- Cobardía.
- Necesidad de obtener y mantener a toda costa el poder, así como el control absoluto sobre situaciones y personas.
- Doble moral e hipocresía.
- Carencia de escrúpulos.
- Necesidad de adulación. Creerse invencible.
- Uso sistemático de la mentira.
- Habilidad extrema para la manipulación.
- Utilización de los demás para satisfacer deseos propios.
- Ausencia de remordimientos.
- Arrogancia y cinismo.
- Desprecio por las normas y alteración o supresión de las mismas si estas obstaculizan propósitos.
- Reacción de extremo enfado, respuesta violenta o plena de ira ante la crítica.
- No aceptación de los fracasos. Ausencia de autocrítica.
- Utilización del «gaslighting» (conseguir que una víctima dude de su propio criterio).
- Frialdad emocional.
- Maquiavelismo
Si usted ha tenido la amabilidad de llegar hasta aquí, quizás pueda responder a una cuestión más o menos lacerante. Tras leer esos rasgos distintivos del psicópata narcisista, ¿le ha venido a la mente la imagen de alguien en concreto? Probablemente habrá visualizado a Trump (el matón de barrio) o a Putin (ese candidato a la inmortalidad) o a… ¿Y a alguien más cercano y de nacionalidad española?
Serrat –lo has dicho varias veces- sostuvo en su «La instancia» que el mundo había caído en manos de unos locos sin carné. Ahora sabemos cuál es el tipo de locura que padecen esos indocumentados. Produce vértigo saberse en manos de quienes ostentan esos deméritos, porque conducen al abismo. No les deseas, sin embargo, ningún mal. Tan sólo anhelas que, algún día, osen mirarse al espejo y descubran, por fin, su imagen real. Como Dorian Grey en su retrato. Y, asustados, emprendan el camino de su propia regeneración. Algo que, a la postre, haría factible lo hoy impensable. Algo tan sencillo como, por ejemplo, la posibilidad de pisar una calle o de asistir a un funeral…
P.S.- ¿Frenar a «Vox»?... Es fácil. Nunca has votado ni votarás al partido de Abascal. Quien nada hace, en nada se equivoca. ¿Pararlo? ¿Y si? ¿Y si los dos grandes partidos se centraran y, sacando a un hombre de la ecuación, se encerraran en una habitación y se entendieran de una puñetera vez? ¿Y si no salieran de ella hasta haber escuchado a ese extremeño o a ese aragonés? ¿Y sí? ¿Y si escucharan, sí, a ese anciano que en un bar cutre de su pueblo, al lanzar una ficha de dominó, lanza, también, una verdad?
P.S.- Ha de ser muy duro asistir a la excarcelación de un etarra, de alguien que, a lo mejor, mató a tu hijo. La justicia –en minúsculas-, a la postre, se reduce a votos y está en manos de quienes negociaron un sillón… Y lo siento, pero da asco. Mucho asco…