La ONU estima que entre uno y dos millones de niños desaparecen cada año como víctimas de la trata de seres humanos, bien para la prostitución infantil o bien para el tráfico de órganos. Es solo una pequeña parte de los ocho millones de niños a los que se les pierde el rastro anualmente. Son cifras tan escalofriantes que resulta difícil concebir su magnitud y, mucho más, elucubrar sobre lo que hay detrás. El abyecto asunto de los papeles de Jeffrey Epstein está revelando cuestiones tan oscuras, tan pérfidas, que apenas podemos dar crédito. Quizá por eso, o por intereses aún peores, la mayoría de los medios de comunicación está pasando de puntillas sobre el tema. Son tres millones de documentos que no se examinan en unas horas o unos días.
Hace falta tiempo, pero llama la atención que solo algunas cuentas en redes sociales se estén haciendo eco de la presunta trama de utilización de niños y niñas para el mercadeo de desviaciones sexuales, torturas, violaciones e incluso desmembramientos, asesinatos y canibalismo. O se trata, una vez más, de noticias falsas o, simplemente, el periodismo ha muerto y, ya que en el ajo están involucrados personajes de relevancia política, económica, cultural y social, los mass media han preferido tapar convenientemente la noticia. Se dice que existen infinidad de islas como la de Epstein y que cientos o miles de bebés nacen en granjas donde mujeres se dedican a parir para abastecer este mercado siniestro. Cosas tan horrendas que parecen inverosímiles y, sin embargo, estaban retratadas ya hace diez años en un vídeo de Avicii –la canción For a better day– y en películas como Level 16. Aquí tuvimos a las niñas de Alcàsser y, como ahora, todo quedó bien tapado.