Pues sí. Tú, tus padres, tus hermanos, tus amigos y también quien escribe estas líneas somos extremadamente culpables.
Somos culpables de estar enganchados constantemente al puñetero móvil todo el día, porque no sabemos controlar nuestra adicción a las redes sociales. Esas redes sociales que nacieron para conectar y compartir, que nos acercaban a quienes estaban lejos y nos permitían recuperar amistades dormidas. Las mismas que, a día de hoy, han sido prostituidas por grandes compañías sin escrúpulos, convertidas en máquinas perfectamente diseñadas para retenernos el mayor tiempo posible, con el único propósito de captar el máximo tiempo de nuestra atención, aunque sea a costa de nuestra salud mental. Da igual si el contenido es absurdo o directamente vacío. Lo único importante es que no cierres la aplicación. Cientos de psicólogos y tecnólogos cuyo único propósito es pensar constantemente en cómo pueden adaptar las apps para que tu adicción siga y siga creciendo. Pero, según ellos mismos, no son responsables ni culpables. El problema eres tú, que no eres capaz de controlar tu adicción. Como si, ante un problema de drogodependencia, decidiéramos exigirle más fuerza de voluntad al adicto en lugar de señalar y perseguir a quienes diseñan, producen y distribuyen la droga.
Somos culpables de la contaminación de nuestro planeta, porque no separamos correctamente nuestros residuos en el contenedor adecuado y, sin embargo, sentimos que ya estamos salvando el mundo por llevar una bolsa de tela mientras llenamos el carro con decenas de productos envueltos en plástico. Por supuesto, las grandes empresas que fabrican toneladas de plástico diarias en productos de un solo uso, porque es más barato, más rápido y más rentable que apostar por materiales biodegradables o por sistemas de reutilización reales, no tienen ningún tipo de responsabilidad ni culpa. Ellas simplemente responden a la demanda, hacen su trabajo y optimizan beneficios, como si bastara con que cada uno afinara un poco más su conciencia individual y no fuera necesario mirar hacia quienes deciden cómo se produce, cómo se empaqueta y por qué sigue siendo más rentable contaminar que cambiar.
Somos culpables de que hayan aumentado de manera alarmante las enfermedades cardiovasculares y la obesidad, así como todo tipo de trastornos metabólicos, porque no somos capaces de llevar una dieta sana y equilibrada, además de volvernos demasiado sedentarios. La culpa es tuya porque no tienes la suficiente fuerza de voluntad para resistirte a la tercera aplicación de comida rápida abierta en tu móvil ni para ignorar esos productos ultraprocesados estratégicamente colocados a la altura de los ojos en cada pasillo del supermercado. Porque, evidentemente, nada tiene que ver que durante años se haya invertido más dinero en diseñar alimentos adictivos o en financiar grandes estudios que afirman que el problema no son los ultraprocesados, sino que, nuevamente, el problema eres tú, que no te levantas del sofá y no te haces una ensalada con quinoa después de cuatro horas de ver Netflix. Las grandes industrias alimentarias, pobrecitas, solo hacen su trabajo y velan constantemente por tu salud.
Y, por si no tuviéramos suficiente culpabilidad, también somos culpables de que la inteligencia artificial consuma cantidades indecentes de agua para poder generar la energía que la mantiene funcionando. Es nuestra culpa porque, después de utilizar esta tecnología, le demos las gracias al sistema y, claro, esa cortesía digital debe requerir un esfuerzo extra con su correspondiente coste para empresas como OpenAI, las cuales afirman que decir «por favor» o «gracias» a la IA les cuesta decenas de millones de dólares. Como habrás adivinado, estas grandes compañías no tienen ningún tipo de responsabilidad en cómo diseñan, entrenan y escalan estas infraestructuras de Inteligencia Artificial, ni en que deberían invertir muchos más recursos en optimizar los algoritmos para que fueran mucho más eficientes y respetuosos con el medio ambiente.
En el fondo, el truco es igual de brillante como retorcido: convertir una responsabilidad estructural en una responsabilidad individual. Si estás enganchado, contaminas o comes basura, es porque eres débil, irresponsable y perezoso, y, de esta manera, evitamos preguntar quién fabrica la necesidad y quién se beneficia de ella. Y nos lo hemos creído. Por supuesto que hago lo que me corresponde hacer, separo residuos, me alimento mejor y hago deporte, limito mi tiempo de pantalla y soy más directo con la IA. Pero que no me tomen por tonto. Tengo muy claro quién convierte nuestra culpa en su modelo de negocio y quiénes son los verdaderamente culpables.