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Una nueva era

Un mundo incierto y entrelazado

| Menorca |

Vivimos tiempos en los que la incertidumbre parece haberse convertido en el clima habitual de la historia. Guerras que se reactivan donde creíamos haber clausurado los conflictos, crisis económicas que cruzan fronteras en cuestión de días, tecnologías que transforman la vida antes de que podamos comprenderlas y sociedades cada vez más polarizadas. No es sorprendente que esta sensación de vulnerabilidad esté también muy presente en la población española. Según la más reciente encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas, hasta un 66 por ciento de los españoles cree que el mundo va a peor y ve posible un conflicto bélico, especialmente con potencias como Rusia, Marruecos o EE. UU.

Siguiendo el consejo que nos dejó hace unos días en este Diario el gran lector y columnista cultural Lluis Vergés, me he asomado al libro «Lliçons de la història», traducido al español    «Lecciones del siglo XX al XXI» de Édgar Morin, donde el autor invita a mirar más allá del vértigo del presente. Lo que hoy sentimos como excepcional, muchas veces es una repetición de viejas dinámicas con nuevos rostros. Ese temor hacia el futuro se refleja en otras preocupaciones del país, porque la vivienda, la economía y la polarización política figuran entre los principales retos que sienten los ciudadanos, por encima incluso de temas tradicionalmente más habituales como la sanidad o la inseguridad ciudadana.

Morin recuerda que la historia no es una línea recta ni un progreso garantizado, sino una trama compleja de decisiones humanas, intereses, miedos y ambiciones. En ese entramado, los acontecimientos nunca son aislados, ya que una crisis política puede desatar migraciones; una decisión económica puede empujar a una guerra; un avance científico puede alterar el equilibrio social. El mundo, como sugiere el autor, siempre ha estado entrelazado, pero ahora lo percibimos con mayor intensidad porque todo se comunica, se contagia y se amplifica y, además, al instante.

La incertidumbre no es un accidente, es parte de la condición humana cuando se enfrenta a cambios profundos. Morin insiste en que la historia enseña a desconfiar de los discursos simplificadores, esos que prometen soluciones absolutas, o sencillas, y que buscan culpables únicos. Hoy, esta desconfianza se refleja también en la percepción de los españoles sobre sus instituciones: cerca de un 80 por ciento valora la situación política como mala o muy mala, mostrando un descontento generalizado que alimenta ese miedo al futuro.

Las grandes catástrofes rara vez nacen de una sola causa. Suelen ser el resultado de múltiples tensiones acumuladas y de una ceguera colectiva que prefiere creer que «esta vez será diferente». Por eso, una de las lecciones más valiosas es la necesidad de memoria crítica y recordar no debe ser para quedarnos en el pasado, sino para reconocer patrones.

En un mundo interdependiente, el destino de unos se refleja inevitablemente en la vida de otros. La historia muestra que cuando se rompe el diálogo, cuando se desprecia la cooperación o se normaliza el odio, el coste se multiplica. A nivel individual la preocupación por el propio bienestar emocional es cada vez mayor. Por ejemplo, más de la mitad de los españoles reconoce experimentar estrés significativo debido precisamente a estas incertidumbres globales y personales. Y también enseña lo contrario, que los periodos de mayor avance suelen surgir cuando las sociedades apuestan por acuerdos, instituciones sólidas y una cultura que defiende la dignidad humana.

Mirar la historia, como propone Morin, no es un ejercicio académico, sino un acto de responsabilidad. Nos ayuda a entender que los problemas actuales no se resolverán con consignas, sino con perspectiva, prudencia y coraje moral. Porque si el mundo es incierto, también es profundamente entrelazado, y en él opera el efecto mariposa, popularizado por el meteorólogo Edward Lorenz: «el aleteo de una mariposa en un punto del planeta puede terminar alterando el clima al otro lado del mundo». Del mismo modo, cada decisión, por pequeña que parezca, forma parte de una cadena mayor. Y en esa cadena, la historia no dicta un destino, pero sí ofrece advertencias. Escucharlas puede ser la diferencia entre repetir los errores o construir algo mejor.

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