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Acción y reacción

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Recordar las últimas sesiones parlamentarias no diré que dé vergüenza, pero sí que deja mal sabor de boca. El partido en el Gobierno exagera la actitud defensiva, sin reconocer un ápice de responsabilidad; porque las cláusulas «hemos cometido errores» y «todo es susceptible de mejora» sin citar ni errores ni mejoras no significan nada. Accidentes y catástrofes, aunque no sean culpa suya, no autorizan al Gobierno a centrarse solo en lo que ha ido bien. En cuanto a la oposición, unos no saben más que elevar el tono de sus insultos y rebajar con ello el nivel de sus ataques; otros, caballeros sin miedo y sin tacha, desde luego, pero sin experiencia alguna de gobierno, se limitan a lanzar algún venablo en un diapasón altisonante. Y lo más triste del asunto es que el conjunto no es más que una comedia dirigida al público que está mirando la televisión, porque dudo mucho que los participantes osaran decirse en la calle lo que dicen ante las cámaras. Debe ser que creen que al populacho le gusta eso, y quizá se equivoquen. No solo en teoría -ya que el papel del político es educar a sus representados más que regocijarse con ellos en lo más bajo- sino quizá también en la práctica, porque no parece que las diatribas de la oposición hayan sido causa de terremotos en las encuestas. El debate parlamentario se ha convertido en el escenario de un asalto al poder sin ningún recato.

Creo que en este momento a nuestros políticos les convendría un descanso: al Gobierno, porque se ha visto enfrentado a una oposición inmisericorde y ha sufrido presiones de todo orden, incluso personales; ha acabado pensando que basta legislar para gobernar, y se ha ido distanciando hasta perder el contacto con la gente. A la oposición, porque para gobernar hace falta algo más que renovar el catálogo de insultos, chascarrillos y ocurrencias: hay que dar muestra, siquiera sea un botón, de tener algo pensado para nuestro país, algo pensado para afrontar los asuntos que tenemos pendientes, y que quizá el actual Gobierno no pueda abordar.    Por desgracia, no creo que la solución italiana, nombrar un gobierno tecnocrático que dé un par de años de respiro a los políticos profesionales, esté a nuestro alcance. Los italianos tienen una experiencia más dilatada que la nuestra. Sea quien sea quien esté al timón, habrá de afrontar esos asuntos desde el primer día.

Citaré dos de esos asuntos: construir una economía en la que quien trabaje pueda tener acceso a un nivel digno de vivienda, educación y sanidad; y contribuir a remediar el desequilibrio que la acción humana está produciendo en el planeta, y que puede hacerlo inhabitable. No los llamo «problemas», porque un problema tiene una solución que basta encontrar, mientras que nuestros dos asuntos toman la forma de procesos que se desarrollan en el tiempo, en circunstancias cambiantes y hoy desconocidas en buena parte, y que se van concretando en multitud de problemas que hay que ir resolviendo sin perder de vista el objetivo.

Nuestros dos asuntos necesitan de dos elementos para ir por buen camino: el primero, que por ser nosotros uno de los países ricos, habremos de acostumbrarnos a pasar con menos (para lo cual hay un amplio margen) porque habrá que economizar recursos, y porque habrá que ayudar a países más pobres a mejorar sus economías para que las exigencias de la transición energética no hagan imposible su desarrollo. Esos dos asuntos, presentes en todo el planeta, lo están tambien, en menor escala, en continentes y países, en tierra firme y en las islas.

El segundo elemento es el convencimiento de que solo el diálogo permite progresar. El rearme puede ser conveniente para evitar molestias exteriores, pero siempre es un medio y no un fin. Es verdad que el diálogo suele entrar en escena después de una catástrofe, pero esta vez podría ser la excepción. Estamos demasiado acostumbrados al enfrentamiento como modo de encarar la vida. A la acción y reacción, un principio según el cual «las acciones mutuas de dos cuerpos siempre son iguales y en sentido opuesto». En el bachillerato aprendimos esa ley fundamental de la Naturaleza, pero olvidamos que rige para cuerpos inertes, no para seres dotados de inteligencia.

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