Los artículos del 6 al 22 del Reglamento del Congreso definen el Estatuto de los Diputados, sus derechos, deberes y prerrogativas. Están aforados, tienen inmunidad y en la cámara pueden expresar sus opiniones que son inviolables. Por eso el ministro Grande-Marlaska, ante una grave ofensiva habitual de los diputados de la oposición en la que le acusaban de hechos delictivos con relación al caso de acoso por parte del DAO de la Policía Nacional, les retó a que se lo dijeran en la calle para poder denunciarles ante la justicia. El PP después ha moderado estas críticas, pero en la sesión del martes se dedicó a sembrar odio, otra vez. El Estatuto del Diputado también incluye como una obligación «respetar las normas de cortesía» durante las sesiones parlamentarias. ¿Creen ustedes que el debate político tiene algo de cortés? En las comparecencias de las comisiones de investigación, en los plenos o en las comisiones, las críticas legítimas se expresan con un odio contagioso y enfermizo para las instituciones y la democracia. También en el Congreso o el Senado las formas son el fondo y el tono es el mensaje.
Existe una evidente contradicción entre las expresiones habituales de odio contra el adversario y después rasgarse las vestiduras ante un caso de acoso sexual o laboral o ante el grave perjuicio de las pantallas, las redes y los oligarcas tecnológicos a los menores de edad. Los diputados saben perfectamente lo que recoge el que siembra odio, además de corroerse por dentro, porque si quienes lo practican son nuestros representantes políticos lo que consiguen es contagiarlo a la sociedad.
Trump también en esto es el gran maestro. Yprecisamente sus «grandes éxitos» incitan a los aspirantes a imitarle. El gran peligro es que algunos políticos y jefes de comunicación alientan el odio que sale por sus bocas porque están convencidos que da muchos votos además de tempestades.