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Llamamientos

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Cabe imaginar perfectamente, en alguna reunión de periodistas, escritores y políticos, gente en general influyente y aún no demasiado achispados, el siguiente abstruso diálogo. Dice uno: «¿Y tú a qué te dedicas?». «Hago llamamientos. Un trabajo mal pagado y a tiempo parcial, pero alguien tiene que hacerlo», contesta otro. Iba a añadir «muy ufano», pero como aunque ahora muchos escritores suelen calificar su libro de llamada de atención sobre esto o aquello, y detrás de esa llamada siempre se percibe cierta alarma, ignoro si están realmente tan ufanos. Por una parte sí y por otra no, tal vez. Tampoco estoy seguro de si esto de los llamamientos (al orden, a la unidad, a construir el futuro, al cambio, al rigor, a lo que sea), es un fenómeno de gran actualidad o ya sucedía antes. No lo sé, quizá ambas cosas, pero lo indiscutible es que en el presente se han multiplicado las llamadas de atención, y falta poco para que suene el timbre y el niño diga «No abras abuelo, debe ser otro llamamiento». Porque todo son llamadas, todo el mundo hace llamadas a algo con independencia de lo que haga. Los sociólogos, los cantantes, los entrenadores de fútbol, los autores de cine de autor, los tuiteros, los filósofos, los novelistas. Seguro que esta novela de crímenes con misterioso asesino en serie es en el fondo una llamada a la precaución, o a la solidaridad, o a cuidar la salud mental, o a alistarse en las fuerzas armadas. Hay llamamientos de todo tipo, en todas partes, y observarán que ni menciono los espacios publicitarios. Porque estas llamadas son otra cosa, aunque sean la misma. Evidentemente, los que más llamadas a la atención pública realizan son los políticos, no hacen otra cosa, y luego ya, periodistas, escritores, influencers y demás completan la tarea con llamamientos más específicos y personalizados. A veces las llamadas de los políticos aspiran a impulsar algo, pero habitualmente son llamamientos antiquísimos a la unidad (la izquierda está ahora en eso), el cambio y el progreso, sin contar las alarmas reiteradas, es decir, los llamamientos a que espabilemos de una vez. Y en esas estamos, tratando de espabilar, cuando de pronto suenan unos golpes en la ventana.

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