Tradicionalmente, un niño vivía inmerso en el mundo de la fantasía hasta los 7 u 8 años, cuando superaba la etapa de los cuentos de hadas y entraba en la edad en la que distingue perfectamente lo real de lo imaginario, aunque siga sintiendo fascinación por personajes de ficción o figuras mágicas arraigadas en la tradición.
Hoy, ignoro si por fallas en el sistema educativo, porque los padres apenas prestan atención a sus hijos o porque el papel de la familia lo han asumido las pantallas, existen niños del primer mundo a los que hay que sostener en pie la estafa de Papá Noel y los Reyes Magos hasta superados los doce años. Chavales que hace cien años estarían rindiendo en una fábrica, en alta mar ayudando en un barco de pesca o extrayendo a la tierra sus frutos, ahora son tan frágiles y débiles como los de preescolar.
Tampoco resulta demasiado extraño si ellos mismos ven a sus padres, hombretones supuestamente hechos y derechos de cuarenta o cincuenta años, que en cuanto tienen un rato libre corren a encender la maquinita de videojuegos para relajarse mientras matan zombis o construyen mundos imaginarios. Luego aparecen de la nada idioteces del tipo de los therians, gente que «se siente» perro, gato, búfalo o cocodrilo, y nos exigen que los respetemos. Por supuesto, siempre se ha dicho, «cada loco con su tema», pero creo que ahí se esconde un síntoma claro de que algo marcha muy mal.
Mi madre decía que todas las generaciones de la historia sufrieron una guerra y la nuestra es la primera que se ha librado. Y esperemos que así siga, porque no quiero ni pensar cómo podrían enfrentar todos estos cualquier situación de emergencia en la que hiciera falta sangre fría, valor y capacidades resolutivas.