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El poder de nuestras mentes

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La noticia de la presentación de una querella por agresión sexual contra el DAO de la Policía Nacional, nos llegó por sorpresa, frustrante, dolorosa. Desde este mismo día, intento ahondar en las claves mentales que pueden llevar a una persona con poder, a destrozar su vida profesional, familiar y social por un impulso irrefrenable. No es el primero, ni por desgracia será el último. En este caso, el desvío tiene carácter de género, en otros, la causa llega por el dinero. Veinte millones de euros emparedados en una casa de Guadalajara, nunca podrán compensar una conciencia tranquila, junto al respeto y afecto de compañeros y subordinados. No alcanzan a comprender, o poco les importa, el gravísimo daño institucional que provocan.

Lo que diré del DAO, podría aplicarse a un indigno miembro de la realeza británica.

A lo largo de mi vida profesional he conocido casos semejantes, aunque hace años las respuestas eran diferentes y se buscaban salidas. Ahora, también se buscaron, ofreciendo embajadas como destinos de consolación. En esto, hemos ganado. En ambientes de trabajo intenso o de graves responsabilidades, tiempos compartidos por hombres y mujeres -pienso en el CNI, en las células de lucha contra ETA en San Sebastián o en Bayona, incluso en una fragata de la Armada- hay contactos, hay ‘químicas’, hay ambientes en ciertos momentos relajados de verdadera confraternización. Con todo, lo que normalmente rige las mentes tanto de hombres como mujeres, es una limitación respetuosa de conductas. Romper la frontera de estas normas, mezclando nivel de jerarquía con inclinaciones pasionales, es lo que lleva al delito. Porque sin jerarquía de por medio, de igual a igual, las respuestas son diferentes.

Siempre me acordaré de una escena en una comida de alumnos extranjeros de la Escuela de Guerra de París. Aquel domingo, el anfitrión era el alemán. Entré, sin recordar por qué, en la cocina de su casa, cuando fui testigo del enorme guantazo que le había propinado la anfitriona, una bella y simpática alemana, al alumno italiano. Había confundido simpatía con derecho de pernada. Justicia inmediata. Curiosamente los tres coincidimos más tarde en Bosnia1. Nadie rompió el secreto.

No entro en el territorio de los políticos, ni en el del interior de los partidos, donde la disciplina puede llegar a tener el carácter de sumisión. Sí, en el de los uniformados, jerarquizadas sus responsabilidades, donde los escalones superiores, tienen la obligación de transmitir respeto y confianza, si quieren que la estructura no se resquebraje. Y tan vital, es que dicten normas, como que «velen por su cumplimento» como rezan nuestras Ordenanzas. Porque siempre se sabe, como ahora, aunque no siempre prospere la denuncia. Un mando debe tener bien orientado su ‘radar’ para percibirlo. En mis experiencias, siempre encontré gente valiente, aunque se tratase en un caso, de ir contra un mando, mimado por la prensa de izquierdas, con peso específico y consecuentemente, con capacidad de venganza. Si no se actúa con contundencia, el denunciado se convertirá en enemigo mortal del denunciante. De este tema, podría escribir otra Tribuna.

¿Adónde quiero llegar? Es fundamental que, en evaluaciones para el ascenso, en la selección de destinos de alta responsabilidad, no basten informes de psicólogos, ni siquiera un inventario de méritos, vistos con ojos de compañerismo. Hay que saber ver «al otro lado de la colina» de sus mentes, como Little Hart pregonaba intuir las intenciones del enemigo.

Añadiría a todo lo dicho una propuesta, pidiendo disculpas a nuestros buenos juristas, que definiría D. Jose de Campoamor como «de vuelo gallináceo». Se trata de introducir en nuestro Código Penal la figura de «gilipollas». ¿Piensan los que pactan con narcos y emparedan millones, los que manosean fondos públicos con mano abierta a comisiones, los que abusan de inferiores valiéndose del cargo, que no les van a pillar? ¡Gilipollas!

Pasen lista en Soto del Real o en las antesalas de la Audiencia Nacional o del Supremo. Con más o menos tiempo, pillarán a los delincuentes, ya sea en España, República Dominicana, Suiza o Nepal como le pasó a otro viejo conocido.

Cierro con una reflexión, no sé si extraída de un código samurái, o de mis largas reflexiones sobre el mando, interpretado este como servicio a la sociedad, no a uno mismo. Si por encima de la constitucional presunción de inocencia, incluso de la posible desviación o maldad de la denuncia y su divulgación excesivamente pormenorizada en los medios, la conciencia del denunciado, solo ella, asume su error, una norma no escrita pero bien conocida a lo largo de la Historia, aconseja en estos casos, una decisión difícil pero resolutiva, que debe tomarse antes de entregar el arma reglamentaria.

1 Habíamos trabajado en la sede de la Première Armée en Metz, preparando planes de contingencia para Bosnia. Lo hacíamos vestidos de paisano, viviendo en hoteles diferentes. Como ahora con Ucrania, la misma Europa vergonzante, temía de ser acusada de agresora.

* Artículo publicado en «La Razón» el jueves 26 de febrero de 2026.

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