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Seguridad vial y vital

| Menorca |

Hay normas que nacen con vocación de salvaguarda y acaban convertidas, por una mezcla de literalismo y desidia, en paradigmas de incoherencia. Una de ellas es la que proscribe pasos de peatones y semáforos en carreteras que no discurren por zona urbana. La lógica es impecable en el papel: la carretera es reino de la velocidad y el peatón criatura de la acera. Pero la vida se obstina en desmentir la cartografía normativa. Hay urbanizaciones que brotan al borde de vías interurbanas, polígonos a los que se accede a pie, paradas de autobús que dejan a sus pasajeros en la cuneta... Y allí, en ese margen sin estatuto, el viandante queda desamparado por una reglamentación anómala y hasta inhumana.

La ironía es inmensa: se prohíben los dispositivos que solucionan el problema, precisamente donde el conflicto es más letal. Algo tan simple y antiguo como un semáforo o un paso de cebra que requiere la sofisticada tecnología de una brocha y un bote de pintura. Es como si, ante un río crecido, decidiéramos retirar el puente para evitar atascos. Según la normativa, para instalar un paso de peatones con prioridad absoluta (el de rayas blancas), el tramo debe estar catalogado como poblado o travesía urbana. La regla, que presume de proteger la fluidez, termina desprotegiendo la vida. Porque la velocidad es una variable física que multiplica daños.

Se dirá que la solución es otra: desdoblar accesos, construir pasarelas, soterrar cruces, instalar rotondas... Magnífico, si no fuera porque la realidad burocrática y presupuestaria convierte esas obras en promesas diferidas durante años o incumplidas eternamente, mientras el tránsito cotidiano no espera a la próxima legislatura. Entre tanto, el peatón aprende coreografías y cálculos de supervivencia: esperar a huecos imposibles, correr como si no hubiera mañana, mirar cien veces a uno y otro lado como en un partido de tenis... intentando que la visibilidad sea correcta y su vista también, y obligando al cerebro a aplicar apresuradamente la fórmula de espacio=velocidad x tiempo, a ver si los segundos entre arranque y desplazamiento de piernas, sin contar con caída, dan para alcanzar la otra orilla. Y el riesgo se multiplica cuando son menores los que tienen que cruzar andando, en patín o bici para, simplemente, llegar al colegio o al campito de fútbol.

Conviene recordar que la seguridad vial no debería ser una teología de categorías (urbano/interurbano), sino una lógica al servicio del sustantivo. Hay urbanizaciones sin otra salida, ni para peatones ni para vehículos, que se convierten en ratoneras. Y allí donde hay trayectorias que se cruzan, debe haber reglas que las ordenen, aunque el mapa diga que no toca. La señalización no contamina la carretera, la humaniza.

Quizá haya llegado el momento de invertir la reflexión: no preguntar por qué poner un paso de peatones en una carretera, sino por qué negarlo cuando hay personas cruzando. Ni políticos ni técnicos cuadriculados pueden anteponer peligro a lógica. Es entonces cuando hay que hacer vital la seguridad vial.

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