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Relatos de época

| Menorca |

En recuerdo de quien fue mi inolvidable y queridísimo amigo del alma Miguel Ángel Capella Bosch con quien compartí tiempos de vida en este absurdo mundo.

Directo al grano... Temps era temps... Hubo noches en las que algunos lo pasábamos bien. Eran tiempos de inicios turísticos. Años de Fiats, 2 Caballos, 600s y demás carromatos. Años setenta en los que la mies era abundante y firmes los deseos de recolectarla. Fueron tiempos en los que los idiomas se aprendían acostados en mullidos colchones mientras operábamos sobre el instante que se vivía. Éramos doctores sin plaza fija. Unos simples MIR con alta productividad.

Un tiempo en el que existía una especie de numerus clausus que se reunía periódicamente para rifarse las novedades forasteras entre los concursantes habituales de la noche. Tiempos de descubrimientos...  ¡Land ho! (¡Tierra a la vista!) exclamábamos desde lo alto del palo mayor de un bar. Y divisábamos la tierra de promisión. El abordaje se producía pronto después.

El Capitán Garfio se ponía en acción y sometía a la próxima Wendy al interrogatorio habitual: ¿Qué predicción tienes para esta noche? ¿Cuál crees que puede ser tu futuro inmediato? ¿Cómo crees que debería ser tu próxima hora? ¿Te crees capacitada para orientarte sola en esta noche tan negra? ¿No crees que las estrellas ya han dictado sentencia? ¿Crees en el porvenir inmediato?   

En los días de gloria lo primero era decidir la ruta a seguir y con qué coche se iba. Acordada y diseñada se empezaba el safari con unas cañas ligeras en la primera parada que muchas veces solía ser el Scandals, aquel local de tintes británicos situado en la carretera de Es Castell a Sol del Este que regentaba Denis, un fichaje colonial. El lugar, un antro con pretensiones, contaba con un piano semiahogado que tocaba el mismo ‘bar tender’ al que después se le adherían algunos músicos británicos residentes en la Isla, normalmente cocidos, en formato jam session. El público, inmensamente británico, era ferviente partidario de los vahos etílicos que excusaban con pescados resecos y ensaladas postizas.

Allí se troceaban notas de jazz pero también, en los momentos álgidos, sonaban las clásicas horteradas británicas de los años cuarenta and so. Alguna vez, también, y siempre en los postres, recordaban a «la chica de Ipanema» y demás brasileñas. Lo que mantenía al jazz y a algunos de sus músicos era la cantidad de líquido que eran capaces de destilar por garganta rellenada por lo que eran frecuentes las eventuales ausencias del escenario de algunos de ellos con el fin de darles tiempo para recomponerse corporalmente. Y allí, tan cerca de San Felipe, uno siempre se sentía unido a ‘En Vermei’, aquel británico del XVIII siempre tan colorao...

Después empezaban los tecs… uno tras otro hasta alcanzar el nirvana provisional que nos permitía esconder las inhibiciones y los hándicaps humanos... Eran tiempos en los que nadie hablaba en catalán porque siempre lo hacíamos en menorquín (¡Cuánto bien hizo el franquismo a n’es menorquí... al menos lo mantuvo intacto!). Los complejos y las confusiones llegaron luego con la enfermedad autonómica, ese TOC ridículo de los 17 Parlamentos y las 17 identidades fingidas, una simple forma para reducir el paro.   

Regresemos. Los objetivos del viaje nocturno siempre eran los mismos: alcanzar la cima, fer el cim como dirían los amigos catalanes. Coronar. Cuando la noche avanzaba se convertía en un safari en el que cruzábamos sábanas distintas, altiplanicies y zonas boscosas que permitían diversificar la caza y morar en extraños lugares. Las noches eran interminables con amaneceres que se unían al día con desayunos eternamente infinitos.

Los supermercados del amor eran Amarillo, el Piccolo Mundo, Calesfonts (Sa Mina, Chespir) y por supuesto Es Cau, sempre Es Cau d’en Biel i es Curro, aquella institución. Todo parecía normal en aquellos años de distracciones intensas y libertades individuales. Las noches eran una aventura perpetua que calmaba la ansiedad de la juventud.

(Quizás continuemos otro día. Algún día).

Notas:

1- Solo la rebeldía crea arte. La cultureta subvencionada es penosa... por falsa.

2- Inquietante. ¿Cómo tantos intelectuales de izquierda, supuestamente comprometidos con la igualdad, compadrean con el nacionalismo, esa enfermedad? No cuadra.

3- Un grupo de mahoneses viajaron a Kenya y han regresado sorprendidos por la gran cantidad de animales salvajes que han visto y lo cerca que los han tenido. Adrenalina a tope.

4- Pequeño homenaje con retraso a Alfonso Ussía y a su mundo. En su extraordinario ensayo «Mauricita la Gamba», Luis Sánchez Polack Tip, nos recuerda las virtudes y cualidades anímicas del pobre crustáceo. «Fallecen a centenares de miles cada año rebozadas a la gabardina. Le regalaron a Tip una gamba viva, que dormía junto a él en su cama, le encantaba el teatro, le llevaba el periódico durante el desayuno y se convirtió en la alegría de la casa. Era además, honesta como pocas gambas y cuando los chicos la chicoleaban se ponía muy colorada, como si la hubieran cocido. No hablaba mucho, pero con la mirada lo decía todo. Y la historia termina bien. Creció y se convirtió en una gamba despampanante, se casó con un langostino de Vinaroz y tuvieron quince mil quisquillas». ¡Bravo!

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