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Una nueva era

Creer en Dios también es una forma de esperanza

| Menorca |

Si Dios existe, solo Dios lo sabe con certeza. Lo que sí sabemos es que millones de personas encuentran en la fe una fuente de sentido, de esperanza y de pertenencia.

Las recientes declaraciones de la actriz Silvia Abril en la alfombra roja de los Premios Goya, en las que lamentaba que algunos jóvenes «necesiten creer en algo y se agarren a la fe cristiana», han abierto un debate que va mucho más allá del cine. No se trata únicamente de una polémica cultural, sino de una cuestión profundamente humana: la necesidad de sentido.

En una sociedad marcada por la rapidez, el consumo y la incertidumbre, muchos jóvenes viven una sensación de vacío difícil de describir. Las estadísticas sobre ansiedad, depresión o suicidio entre jóvenes son un recordatorio doloroso de que el progreso material no viene acompañado de bienestar interior. En medio de esa inquietud, la búsqueda espiritual aparece como una respuesta legítima.

El escritor Miguel Magalhães, en su artículo «Vivir en los pronombres» publicado en «La Vanguardia» el 2 de marzo, reflexiona precisamente sobre cómo la cultura contemporánea tiende a centrarse en el yo, en la identidad propia y en los discursos personales. Ese enfoque puede ser valioso para comprender la diversidad humana, pero también corre el riesgo de encerrar al individuo en sí mismo, reduciendo la vida a una permanente exploración del propio reflejo. «Hemos menospreciado eso que llamábamos alma, y era sagrado, y nos hemos ido enamorando de la nada», resalta.

2 La tradición religiosa ofrece una perspectiva distinta: invita a mirar más allá del propio yo. Para millones de personas, creer en Dios no es una señal de debilidad ni de necesidad desesperada, sino una fuente de sentido. La fe proporciona una narrativa que conecta la vida cotidiana con algo mayor: la idea de que el sufrimiento tiene significado, que el amor tiene una dimensión trascendente y que la existencia no termina en el horizonte de lo inmediato.

Incluso si alguien pensara —como sugieren algunos críticos— que la fe es una forma de ilusión, cabría hacerse una pregunta sencilla: ¿no es preferible una ilusión que da sentido a la vida que aquellas que la vacían? Nuestra sociedad ofrece otras promesas de felicidad que, con frecuencia, terminan conduciendo al aislamiento: las adicciones, la evasión constante, el desprecio por los vínculos estables o la desvalorización de la familia. Son caminos que muchas veces desembocan en una soledad profunda y en una sensación de insignificancia.

La fe, en cambio, propone algo radicalmente distinto. Quien cree en Dios suele sentirse parte de una historia más grande que él mismo, parte de una comunidad y de una creación que tiene un propósito. Esa conciencia de pertenencia cambia la forma de mirar el mundo: la vida deja de ser un accidente sin significado y pasa a ser un don.

Quien ha conocido a personas creyentes sabe que la mayoría    de ellas viven con una serenidad particular. No se trata de una felicidad ingenua ni de una sonrisa permanente, pero sí de una esperanza que atraviesa incluso los momentos más difíciles. La fe, para muchos, es precisamente eso: una manera de habitar la existencia con gratitud.

Tal vez por eso, en lugar de ver la fe como un «refugio triste», convendría reconocer que puede ser también una respuesta profundamente humana al misterio de la vida. En una época que habla constantemente de identidad, diversidad y libertad, debería haber espacio y respeto también para quienes encuentran en Dios el centro de su existencia.

Porque, al final, creer no empobrece la vida. Para muchos, la ensancha. Y en ese horizonte de sentido, incluso en medio de la incertidumbre de nuestro tiempo, la sonrisa vuelve a asomarse: la de quien se siente parte del mundo y agradecido, sencillamente, por haber nacido.

A lo largo de mi vida he identificado a muchas personas a las que admiro profundamente por sus principios y por sus actos. En buena parte de ellas he descubierto un mismo motor interior: la fe.

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