Cuando concluyó la II Guerra Mundial y las potencias vencedoras se reunieron en Yalta y Potsdam (1945), para acordar el control territorial de las naciones vencidas, se inauguró una época que se deseaba pacífica y que se contuvo dentro de unos límites (sureste asiático aparte). No es que apostaran por un mundo sosegado, sino que actuaron con una cierta cautela por el recelo que despertaba Rusia entre los norteamericanos y Estados Unidos entre los soviéticos. Se llamó guerra fría a lo que era desconfianza mutua y pánico a que el imperio enemigo se atreviera a utilizar de repente las armas más poderosas y sofisticadas.
Así pasaron décadas, en las que los bloques se aprestaban a la defensa, armándose hasta los dientes para que no les sorprendieran. En algunos momentos el mundo estuvo a punto de saltar por los aires, pero se mantuvo la paz, aunque fuera «por el temor a un cataclismo mundial, por el deseo de una Humanidad cansada de vivir sobre un volcán; en fin, por las exigencias imperativas de los amos de la economía» (Fonvieille-Alquier, en «El gran miedo de la posguerra», 1974). La población se sentía atemorizada, pero confiaba en que los líderes se conformaran con enseñarse los dientes, sin llegar a lanzarse sobre la yugular del rival.
Hubo provocaciones en muchos momentos de esa etapa, pero parecía que se había llegado a un ten con ten, ya que se apostaba más por el enriquecimiento que por la destrucción. En los últimos años, sin embargo, el equilibrio se ha torcido, porque tres dirigentes mundiales, de dudoso equilibrio psíquico y ambiciones desmedidas, están encenegando el apacible (nunca suficientemente) progreso de la humanidad. Como espectadores de las colisiones entre Rusia y Ucrania, Israel-Palestina-Líbano y Estados Unidos e Israel-Irán (por no hablar de otros encontronazos) nos preocupa que pueda desprenderse un conflicto de alcance mundial. Terribles experiencias se han vivido en el pasado siglo, que millones de personas pagaron con sus vidas, y de tanta tragedia no se aprendió nada. Ahora ya solo es cuestión de enfangarnos más y de ir enredándonos a medida que pasan las semanas.
Esta resbaladiza situación suscita actitudes dispares entre la gente. Bueno, hay quien no se entera de nada y estos difícilmente van a tomar postura. Los que se informan, o al menos oyen campanas, se inclinan hacia dos posturas concretas: para unos, el desorden imperante acabará llegando a la puerta de nuestras casas, mientras que para otros lo que sucede es una cuestión ajena y distante, porque nada de eso nos concierne. Los primeros llevan el miedo atenazado a sus cuerpos y por eso toman sus precauciones. Son los que han construido un búnker en su parcela o disponen de una habitación acorazada para refugiarse; los que acumulan alimentos y se han agenciado un kit de supervivencia, porque están convencidos de que en cualquier momento los misiles nos caerán encima. Los segundos se ríen de tales excesos, porque les parece imposible que tal cosa suceda. No tienen inconveniente en acercarse a las regiones tensionadas, aunque después exijan el rescate presuroso.
Adivinar el futuro no está en nuestras manos, pero el camino que han emprendido algunos dirigentes no es ciertamente ilusionante y por desgracia nos llevarán a donde se les antoje. La masa no es sino un instrumento de sus planes y con toda seguridad pagaremos las consecuencias, sean del carácter que sean.