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El buzón que os salvó

| Menorca |

A la doctora Patricia Suárez y a todo el personal que, durante la tarde/noche del pasado martes día 10, te atendió en el servicio de Urgencias del Hospital Mateu Orfila. Gracias por su profesionalidad, humanidad y empatía. Chapeau!

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Un pedagogo se sorprendía hace poco de que una inmensa mayoría de adolescentes fuera incapaz, en la actualidad, de entender o de escribir un texto extenso. Y a ti te sorprendía que se sorprendiera, porque… ¿Qué leen principalmente hoy vuestros jóvenes y qué escriben? La respuesta es fácil: escuetos mensajes de whatsApp donde se descuida la ortografía, la sintaxis, la argumentación  y el mimo hacia la palabra. Prima la inmediatez sobre la corrección y, en muchas ocasiones, la visceralidad sobre la reflexión, esa que requiere de un tempo. Asimismo las lecturas (exceptuando las tristes lecturas de los centros educativos, tristes por obligatorias) se reducen a contenidos de una pobreza y brevedad tal que, con el tiempo –y como diría Salinas– convertirán a los quinceañeros del presente en futuros minusválidos del lenguaje. Es esta una minusvalía silenciosa y, como tal, altamente peligrosa que los profesores, padres, familiares y amigos deberían combatir. ¡Regalad libros y no tecnología generalmente alienante! ¡Qué vuestros hijos os vean leer! ¡Comentad con ellos lo leído y dejad el comentario a medias, la miel en los labios, para que emerja en su mente el prurito de la curiosidad! ¡Se puede y se ha de hacer mucho en ese aspecto! A no ser que anheléis contar con muchachos sin criterio propio y fácilmente manipulables. Puede que, al fin y al cabo, se trate precisamente de eso…

Los efectos perniciosos del WhatsApp no son únicamente esos, sino múltiples. Tienen la potestad de ser, por ejemplo, transmisores de odio y la capacidad de hacer salir al exterior el Hyde o el Hulk que todos lleváis dentro. Ya nadie consulta con la almohada. Te has salido de grupos formados por personas que creías conocer y que ahora se mostraban, en sus correos, como verdaderos energúmenos. ¡Qué difícil resulta conocer, efectivamente, a alguien y, peor todavía, conocerse a uno mismo!

También te preguntas, finalmente,    sobre cuántas amistades, sobre cuántas relaciones se habrán roto por culpa de un whatsApp, por haber contestado ‘en caliente’ a una ofensa que, a lo mejor, solo era un simple malentendido… Por eso sigues amando a ese buzón de la esquina de tu calle. Ese que, un día aciago, se os fue. O lo secuestraron. Porque os amó y os ayudó a amaros. Ayer, cuando se recibía una aparente ofensa y deseabas darle cumplida respuesta, escribías, en ocasiones, una carta. Esa que exigía saber redactar un texto. Esa que requería de un tiempo y de cierta habilidad. Luego urgía de un sobre o de un sello que, a lo mejor, no tenías y que, por tanto, habías de ir a comprar. Y, durante ese bendito proceso, te ibas calmando. La ira se iba desmenuzando    a medida que escribías o en cada paso que dabas hacia el estanco. Después, asedado, releías la carta y, frecuentemente, suavizabas el rencor que en ella anidaba. La dirección, en el sobre; los datos personales en el remitente y la lengua/pegamento torturada… Tic-tac, tic-tac… Y puede que, cuando llegaras al buzón, ya sereno, decidieras, a la postre, no echarla. Al cabo de unos días –quizás– estarías tomando café con ese destinatario que acabaría por no serlo. En esos casos, el buzón no se enfadaba, porque era consciente de que, entre sus bellas funciones, estaba esa: la de haberte exigido tiempo, sí, y la de haber    devuelto tu Hyde, tu monstruo a tu interior, a su salvadora jaula luminosa…

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