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De sabios es equivocarse

| Menorca |

En la entrega de los X Premios de la Asociación de Periodistas de las Islas Baleares (APIB), el periodista y escritor Álex Grijelmo dio una lección que va más allá de la profesión que compartimos. Su breve, pero contundente, reflexión debería extenderse, primero a la política, y después a todos los trabajos; también a la vida cotidiana. El problema es que su materialización demuestra humildad, y esta cualidad escasea. Con acierto y la pulcra expresión que le caracteriza, el impulsor del Libro de Estilo de El País dijo que los periodistas no se distinguen entre los que se equivocan y los que no, pero sí en cómo gestionan los errores: unos miran para otro lado y disimulan u ocultan sus fallos y otros los reconocen de inmediato, rectifican y piden disculpas. Y sólo con estos últimos podemos mantener la credibilidad.

También en este sentido se pronunció el presidente de la Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE), Miguel Ángel Noceda, ante estudiantes de Comunicación del Centro de Enseñanza Superior Alberta Giménez (CESAG), quien recordó que la ética profesional exige la publicación o difusión de los errores cometidos otorgando el mismo espacio, una práctica que ningún medio asume. La comisión de quejas y deontología de FAPE ha emitido 222 dictámenes en una década, pero los periodistas y medios ocultan el señalamiento cuando les perjudica. Y sólo con autocrítica podemos mantener la credibilidad.

En este oficio, como debería ser en la política, la verdad asume un papel imprescindible. Nuestra materia prima, que es, sobre todo, la información, no puede rendirse ante la falsedad, pero tampoco ante la intoxicación, imprecisión o inexactitud, o la falta de ética. A veces las medias verdades son más peligrosas que las burdas mentiras. En el periodismo, la verdad no es un adorno, es su cimiento. La exactitud y la rigurosidad, esos conceptos que separan el hecho del rumor, constituyen la argamasa invisible que sostiene la confianza pública. Cuando faltan, el texto puede seguir en pie, pero ya no es periodismo.

En este contexto de redes sociales, IA y urgencia, debemos ser firmes ante la tentación de publicar antes de verificar y sugerir antes de demostrar. La deontología es una brújula que orienta cuando el terreno se vuelve resbaladizo o cuando la presión invita a atajos. Hay que corroborar fuentes, contrastar versiones, distinguir con claridad entre información y promoción, entre hechos y opinión…

El daño de la inexactitud no siempre es inmediato, pero sí persistente. Cada dato mal fechado, cada cifra inflada, cada cita arrancada de contexto, cada enfoque servil… introduce una fisura en el pacto tácito con el lector. La credibilidad no se proclama, se demuestra, se construye. Es un patrimonio lento, hecho de trabajo meticuloso y rectificaciones honestas. En un ecosistema saturado de voces, la diferencia no la marca quien habla más alto, sino quien lo hace con más precisión y certeza. Recordemos siempre que de sabios es el errar, pero sólo de necios perseverar en el error.

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