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Asseguts a sa vorera

Última generación libre

| Menorca |

A mis treinta y diez puedo presumir orgulloso de que formo parte de la última generación que fue realmente libre. Yo nací y los teléfonos móviles no estaban inventados, había algún coche con teléfono, pero estaban infinitamente más limitados de lo que están ahora. Y qué suerte tuvimos de pasar una infancia sin el maldito cacharro que ahora, en el mayor número de casos, nos trae por la calle de la amargura. Y por la avenida del estrés.

Yo odio el teléfono. En cuestión de años ha pasado de ser una herramienta muy útil para encontrarte cuando era necesario a ser un castigo infinito culpa del que no te puedes perder cuando lo necesitas. Vamos, inténtalo. Pon el ‘modo avión’ durante un rato y, luego, regresa a la civilización. Verás como la actividad ha sido frenética en algún grupo de Whatsapp o alguien te ha escrito por algo que, seguro, ni es importante ni es prioritario y, por supuesto, podría esperar.

¿Y esto, a qué viene?, puede que te preguntes. No sabía qué contarte y mientras paseaba buscando inspiración por Mercadal, he visto a un niño de unos 12 años correr por la calle con un teléfono en la mano. He sonreído recordando lo afortunados que fuimos los que nacimos en los ochenta, los últimos que se salvaron de la tortura que supone el dichoso aparato. Corríamos, jugábamos e imaginábamos y nadie ni nada nos molestaba. En realidad, estábamos más conectados con nuestros amigos de lo que lo están los jóvenes de hoy en día.

Nosotros no mirábamos embobados hacia abajo y si lo hacíamos era porque había una partida de canicas o de tazos en marcha. No perdíamos el tiempo enviando tropecientos mensajes para quedar, íbamos a la plaza de siempre y la pandilla iba llegando cada uno a su ritmo. Yo quedaba en sa Colon, sin especificar la hora porque no hacía falta.

Gestionábamos mejor el tiempo. Si necesitabas (que es distinto del verbo ‘querer’) algo, llamabas a casa del afectado, se lo decías y en menos de un minuto estaba solucionado. Ahora la conversación se inunda de whatsapps absurdos, vacíos e inútiles que rellenan un tiempo que no saben que están perdiendo. Creo, y es mi humilde opinión, que antes priorizábamos el hecho de quedar y, ahora, la prioridad es escribirse para quedar sin que llegue a suceder.

Yo entiendo que los niños quieren ser adultos y los adultos pagarían por volver a ser niños. Pero eso cuesta de descubrir y requiere de su tiempo. Nos excusamos que no tenemos tiempo para vernos, pero sí que tenemos tiempo para escribir doscientos mensajes al día. Curioso.

dgelabertpetrus@gmail.com

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