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Vox, primer aviso

| Menorca |

En tauromaquia, los tres avisos suponen la devolución del morlaco vivo y coleando al corral para acabar sus días en un triste matadero cual anciana vaca lechera, para vergüenza y deshonor del torero, que ha sido incapaz de cumplir con la función que tenía asignada, que no era otra que sacrificar la res en un máximo de 15 minutos. Y, para que el rito se cumpla, hay que entrar a matar, aunque al maestro le entre una vertiginosa pájara ante la amenazante encornadura del astado. Por eso, cuando suena el primer aviso en un coso el matador acostumbra a ponerse nervioso.

En política, sucede algo parecido. Uno puede atraer la atención del respetable dando vistosos y pintureros muletazos, mas si cuando tiene el toro de frente le flaquean las piernas, acabará huyendo del ruedo entre pitos y almohadillas.

Vox lleva años en la estrategia de atraer al público a base de denunciar -con mucha razón- lo mal que lo hacen el PSOE y sus inefables socios en cuestiones que afectan a las tripas de los ciudadanos. De esa forma, se ha ganado un más que notable apoyo electoral. Y sus expectativas se han disparado por momentos, llegando a colocarse como segunda fuerza en determinadas localidades en los últimos comicios autonómicos. Cuanto más los demonizaba la izquierda, más crecían. Esa pinza de intereses concurrentes Vox-PSOE, encaminada a tratar de debilitar al PP, ha funcionado relativamente bien. Pero todo tiene un límite, porque los dirigentes de Vox han de asumir de una vez que no pueden aspirar a ser la fuerza mayoritaria de la derecha española -a diferencia de sus homólogos de otros países-, porque aquí el nivel de cabreo ciudadano no ha conseguido aún anestesiarnos todas las neuronas como para echarnos en brazos de quienes todo lo solucionarían -sobre el papel, claro- deportando a los inmigrantes ilegales y desterrando el catalán a las fiestas de bailes regionales y demás eventos folclóricos.

Pues bien, tras tres procesos electorales en Extremadura, Aragón y Castilla y León, al fin tiene Abascal el toro perfectamente cuadrado para demostrar que sirve para algo más que para insuflar gasolina a la división social que lamentablemente padecemos en España como fruto de la miseria moral de Pedro Sánchez.           

Toca gobernar o dejar el sitio a quien puede hacerlo, no hay más. Los electores ya tienen suficientes excusas, que si el abominable bipartidismo, que si la derechita cobarde y demás zarandajas populistas. Si Vox se presentó a las elecciones y sus votantes le han dimensionado el mandato, ahora no puede brindarles Abascal una nueva ‘espantá’ a lo Curro Romero. Quien se manifiesta con el confesado objetivo de desalojar al sanchismo por la vía rápida, no puede ampararse en pretextos tacticistas para perpetuarlo.

En Castilla y León, a Vox le ha sonado el primer aviso. Frena el ritmo de crecimiento trepidante de su apoyo social y el PP ha visto reforzado su papel como fuerza hegemónica del centroderecha. Hasta los de Alvise Pérez, que tocan sin sordina, le comienzan a erosionar la parroquia por su extrema derecha.

Otros se empeñaron en no escuchar el clarín, como Albert Rivera o Pablo Iglesias, rehuyendo en su día el ejercicio de la responsabilidad de gobierno que le asignaron sus votantes, y así han acabado sus formaciones.

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