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La naturaleza de los conflictos

Pedro Sánchez y la defensa del derecho internacional

| Menorca |

El creciente reconocimiento internacional del presidente Pedro Sánchez entre organizaciones socialdemócratas, colectivos pacifistas, sindicatos, partidos de izquierda y amplios sectores del mundo de la cultura europea comienza a generar inquietud en Donald Trump y en los sectores más conservadores de la derecha internacional. Sánchez se ha convertido, para muchos, en una referencia visible en las movilizaciones que reclaman la paz, la recuperación del papel del derecho internacional y la revitalización de instituciones como las Naciones Unidas y la Corte Penal Internacional.

No siempre somos plenamente conscientes de la naturaleza de los conflictos contemporáneos. Durante décadas, la historia reciente estuvo marcada por golpes de Estado diseñados para derrocar gobiernos incómodos o eliminar dirigentes que amenazaban intereses geopolíticos concretos. Así ocurrió con Mohammad Mosaddegh en Irán, con Patrice Lumumba en el Congo, con Salvador Allende en Chile, con Maurice Bishop en Granada o con Muammar Gaddafi en Libia. Aquellos episodios forman parte de una larga secuencia histórica en la que grandes potencias promovieron o respaldaron regímenes militares en numerosos países: Indonesia, Grecia, Uruguay, Brasil, Paraguay, Haití, Turquía, Filipinas, Guatemala, El Salvador o Chile. En muchos de estos casos se instauraron dictaduras que dejaron tras de sí una estela de represión, violencia y decenas de miles de víctimas, bajo el asesoramiento estratégico de Estados Unidos y de aliados como el Reino Unido, con la CIA actuando como instrumento operativo de esas políticas.

El conflicto actual, sin embargo, presenta rasgos distintos. A primera vista, algunos observadores lo interpretan como un enfrentamiento de naturaleza religiosa, con unos invocando la Biblia y otros apelando a determinadas interpretaciones del Corán. Pero reducirlo a una guerra de credos sería una simplificación peligrosa. En realidad, lo que se disputa es el control geopolítico de una región clave del planeta, rica en recursos energéticos y minerales estratégicos. En ese escenario, la pugna no solo gira en torno al petróleo o al gas, sino también al dominio de los circuitos tecnológicos que determinarán la hegemonía del siglo XXI.

La creciente capacidad tecnológica de China, especialmente en el campo de la inteligencia artificial, constituye uno de los factores que reconfiguran el tablero global. En un mundo donde la revolución digital avanza a un ritmo vertiginoso, el liderazgo en estas tecnologías se traduce inevitablemente en poder económico, político y militar. En ese contexto, Estados Unidos considera esencial preservar su influencia en Oriente Próximo y reforzar su alianza estratégica con Israel, al que concibe como su principal bastión en la región.

La posición defendida por Sánchez, basada en la necesidad de diálogo y negociación entre Irán e Israel, incomoda a quienes apuestan por la lógica de la confrontación permanente. Desde esos sectores se han impulsado campañas de descrédito, bulos y acusaciones destinadas a erosionar la legitimidad del Gobierno español, intentando incluso presentar a Sánchez como aliado de regímenes que forman parte de la disputa regional. Paralelamente, se refuerza el discurso de los sectores más radicales de la derecha europea para alimentar un clima de polarización política interna. En ese marco se sitúan las críticas procedentes del Partido Popular, cuya estrategia algunos interpretan como una aproximación a las posiciones defendidas por Trump y por quienes sostienen una política internacional basada en la confrontación.

Frente a ello, Sánchez plantea una línea política que reivindica el multilateralismo, el respeto al derecho internacional y la centralidad de las instituciones globales. Defender el papel de las Naciones Unidas, reforzar la autoridad de la Corte Penal Internacional y avanzar hacia una reforma profunda de estos organismos para adaptarlos a la realidad del siglo XXI constituye, en este sentido, una apuesta por reconstruir un orden internacional basado en normas y no exclusivamente en la correlación de fuerzas.

Al mismo tiempo, su planteamiento se inscribe en una visión más ambiciosa del proyecto europeo. La consolidación de la Unión Europea como actor político global exige —según esta perspectiva— una mayor integración en política exterior, defensa y fiscalidad, así como un fortalecimiento real del Parlamento Europeo como órgano legislativo capaz de orientar las decisiones del poder ejecutivo comunitario.

En un tiempo atravesado por profundas transformaciones tecnológicas y por el impacto creciente de la inteligencia artificial en la economía, la política y la vida social, estos debates adquieren una dimensión estratégica. De su resultado dependerá, en gran medida, la capacidad de la socialdemocracia europea para formular un nuevo proyecto político capaz de responder a los desafíos del siglo XXI sin renunciar a los principios de justicia social, democracia y paz que históricamente han definido su identidad.

Cuantas más voces se alzan proclamando «No a la guerra», más se intensifica el discurso de la derecha —con José María Aznar, Alberto Núñez Feijóo, Miguel Tellado, Cayetana Álvarez de Toledo, Isabel Díaz Ayuso, Santiago Abascal, Marga Prohens (¿?) y otros barones del Partido Popular y de Vox—a favor de una intervención cada vez más profunda, que podría llevar incluso a la destrucción total de la región chiita de Irán.

Para quienes deseen comprender mejor las raíces históricas de estos conflictos, recomiendo la lectura de Por el bien del Imperio, de Josep Fontana, un análisis imprescindible sobre el mundo posterior a la Segunda Guerra Mundial, un periodo en el que perdieron la vida más de cien millones de personas.

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