Cabalgar contradicciones puede estar muy bien pagado. Da para chalet en Galapagar, viajes en Falcón o en business, sueldos de ministro…
Arrastrarse también puede ser muy rentable (pregunten a Intxaurrondo, Bolaños, Patxi, la choni del cabestrillo, su novio, etc.)
Lo del rey desnudo (está todo inventado) pone en ridículo a muchos amantes de la pasta fácil (si no tienes talento y te gusta la langosta siempre puedes alquilar tu dignidad al mejor postor).
Este perfil de gentes (aquellos que cobran sus sueldos a cambio de arrastrarse) resulta comprensible (siempre que carezcas de amor propio): transmites por encargo (con gran cuajo, admitámoslo) que a las tres de la madrugada ya luce el sol en Getafe y… salga el sol por Antequera. Lo que ya no tiene mucha explicación es que quienes no viven directamente del partido gobernante de turno continúen loando el inexistente vestido del rey.
Parece ser que las leyes de la evolución tienen mucho que ver en este patético escenario. Si a los puestos mejor pagados en los informativos (y tertulias del régimen) llegan los que no le hacen ascos a reptar un poquito, a los ministerios llegan últimamente los más dotados para mentir; la evolución premió en el simio la certeza frente a la veracidad. La veracidad necesita el uso previo de la duda. El votante no quiere dudas, ni siquiera verdades, quiere certezas, y los partidos (el PSOE actual con especial habilidad) ofrecen soluciones simples (certezas): jamás confesarán que los problemas tienen a veces un arreglo complejo.
El mono que llevamos dentro necesita pertenecer a un grupo, y es capaz de comulgar con ruedas de molino cuantas veces haga falta con tal de no quedarse aislado.
Ejercer el poder con garantías de éxito precisa de falta de vergüenza. Si sumas la circunstancia de que gran parte de los votantes desean ser reconfortados aunque sea con una mentira, llegamos a ese punto en que preguntas sencillas son respondidas (no respondidas, para ser más exactos) con peregrinos rodeos. Véase al respecto cualquier sesión del congreso o del senado, o entrevista de periodista honesto a político.
Gracias a este estado de cosas es posible ver a un grupo humano manifestándose con gritos y pancartas sosteniendo que el cielo es verde porque lo han dicho la tele o el portavoz del gobierno.
Gracias al mecanismo de pertenecía al clan, la «gente» traga sapos a espuertas.
Ocultarse a uno mismo que Trump es un imperdonable prepotente que practica el bulling con sus «socios» y resto del mundo, es un pecado que cometen Ayuso, Abascal y (con ellos) quienes les siguen con la docilidad del sectario siguiendo al profeta: sin plantear peros.
A quienes no quieren darse cuenta de que Sánchez representa el mismo esquema que Trump, pero en cutre, les planteo una pregunta:
¿Os molesta que, (solo por poner unos ejemplos) estéis pagando de vuestro bolsillo los privilegios de la familia Sánchez, o que haya abandonado a los saharauis sin consultar al parlamento, o que sus mejores amigos y colaboradores hayan estado robándondonos durante lustros?
Si es así, ¿por qué calláis?, ¿por qué le seguís apoyando?
¿Acaso pensáis que todo esto son bulos?
Si eso pensáis, bajad del guindo, creéis (muy muy fuerte) en lo increíble, con ojos, orejas e incluso nariz tapados.
Con el gobierno dedicado a jornada completa en tratar de echar humo a la galopante corrupción como quien espanta abejas, la oposición discutiendo el sexo de los ángeles a codazos y los nacionalistas amarrados al sillón (¿que hay de lo mío?), me preguntó quién se ocupa de nuestros intereses.
Me respondo: ni siquiera nosotros mismos nos ocupamos; seguimos votando a trileros y trepas.
Añadamos al inquietante cuadro la que se nos viene encima por la gracia de Netanyahu y su escudero Trump (ahora, si eres adicto a etiquetar, llámame antisemita, ya me llamas nazi por señalar las mentiras de Sánchez. La etiqueta no necesita coherencia para el hooligan) y la reacción descomunal del Ayatolá (llámame racista y xenófobo, no te cortes).
Faltaría poner una etiqueta con gancho al tragaconsignas, para uso y disfrute del personal amante del género.