La OCU y los empresarios del ramo ya están pidiendo al Gobierno que rebaje o elimine el IVA de los alimentos básicos porque pronto va a llegar la catástrofe del cierre del estrecho de Ormuz hasta nuestros bolsillos. Advierten de una escalada de precios sin precedentes y, lo que es peor, del riesgo crítico de desabastecimiento. Una situación que recuerda a los tiempos de la posguerra, cuando los hombres recogían colillas en las inmediaciones de las vías férreas para reunir los restos de tabaco y hacer nuevos cigarrillos y se bebía un sucedáneo de café que elaboraban con cascarillas. Hace cien años, se consumía prácticamente en exclusiva lo que la tierra más cercana y el mar producían: carne, pescado, frutas, frutos secos, verduras, aceites, lácteos, vinos y huevos. Los lujos -chocolate, café, tabaco, bebidas espirituosas- venían de lejos y su precio era astronómico. Hoy el ochenta por ciento de lo que almacenamos en la despensa y el frigorífico son productos que mi bisabuela no reconocería y que se elaboran con ingredientes de cualquier rincón del mundo, requieren complejas cadenas de suministro para llegar al supermercado y gastan ingentes cantidades de carburantes para hacer tan largo camino. Es un absoluto despropósito al que hemos cedido sin darnos cuenta, dejándonos por el camino la salud, el gusto, la tradición y la economía. Ahora una guerra bloquea un diminuto estrecho en el quinto pino y el resultado es que nosotros nos asfixiamos. Porque abandonamos los bosques, las minas, la agricultura, la ganadería, la pesca, la industria textil… todo lo que antaño proporcionaba una vida segura, saludable y digna. Quitarán el IVA y harán otros malabarismos, pero no solucionarán el desastre.
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