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Una nueva era

Un instante eterno

| Menorca |

Hoy es mi cumpleaños y, además de celebrarlo con este artículo, me he puesto a pensar en el paso del tiempo, ese que a los 16 no pasaba... y ahora corre que vuela. Será que una empieza a notar que los años ya no vienen, llegan.

Hace poco encontré en la biblioteca de Mahón, casi como un regalo, un libro que me ha resultado profundamente interesante: «Un instante eterno. Filosofía de la longevidad», de Pascal Bruckner.

Bruckner traza un hilo fascinante a través de la historia y recuerda cómo, a finales del siglo XIX, en el Imperio austrohúngaro —gobernado por un soberano de 70 años rodeado de ministros decrépitos— la opinión pública desconfiaba de la juventud. «Pobre de aquel que mantuviera un aspecto infantil, porque no encontraría trabajo». De hecho, el nombramiento de Gustav Mahler a los 37 años como director de la Ópera Imperial fue una excepción escandalosa.

A los 20 años, vestirse como una persona madura era fundamental para el éxito: el único comportamiento honorable y civilizado.

¡Qué contraste con nuestros días!

Hoy, muchos adultos tratan desesperadamente de mostrar signos de juventud. Se visten como adolescentes, mientras las madres imitan a sus hijas, borrando cualquier frontera generacional. Nuestros antepasados aspiraban a parecerse a quienes les precedieron; querían dar continuidad a sus vidas. Hoy, en cambio, los padres parecen querer vivir la vida de sus hijos.

Cincuentones con aspecto adolescente, aventureros de más de 70 con mochilas y bastones de senderismo; abuelas en scooter, abuelos superdeportistas... Es el vértigo de una regresión autorizada. Para Bruckner, este desajuste generacional es tan cómico como revelador.

Platón sostenía que la escala del conocimiento debía seguir la de las edades. En «El Político» imaginó un mundo en el que los ancianos regresaban a la vida desde debajo de la tierra y la recorrían al revés, hasta volver a ser niños. Quizá de ahí nació la inspiración para el relato «El curioso caso de Benjamin Button».

Hasta los 30, uno vive con la sensación de eternidad. Los cumpleaños son casi un juego. Pero después llegan las décadas —los 40, los 50, los 60— y el envejecimiento se convierte, en cierto modo, en un arresto domiciliario dentro del calendario, mientras nos queremos volver contemporáneos de edades pasadas.

La edad, dice Bruckner, humaniza el tiempo… pero también lo vuelve más dramático.

Y, sin embargo, hoy ya no miramos la edad como antes. Ha dejado de definirnos. Es una variable más. Así como algunos ya no quieren quedar atados a su sexo, al color de su piel o a su estatus, tampoco desean estarlo a su fecha de nacimiento. No es casual que, en 2018, un ciudadano holandés de 69 años intentara cambiar legalmente su edad porque se sentía de 49 y su edad real le traía problemas en su ámbito laboral y sentimental.

Estamos viviendo un cambio de mentalidad profundo. Como apunta Bruckner, la humanidad parece estar huyendo de todas las categorías fijas, entrando en una era de identidades «líquidas».

Entre la madurez y la vejez ha surgido un nuevo territorio: el de los seniors. Personas que, liberadas de cargas familiares y aún con energía y buena salud, se permiten algo parecido a un nuevo comienzo en esta etapa de su vida. La generación del baby boom —a la que pertenezco— ha sido pionera en este movimiento: reinventó la juventud y ahora intenta reinventar la vejez. Este fenómeno, además, no es menor: está transformando la sociedad, incluso en aspectos tan concretos como el gasto público, al aumentar la presión sobre las pensiones, la sanidad y los servicios de dependencia, al tiempo que impulsa nuevos modelos de consumo, participación y una forma distinta de entender el envejecimiento.

Pero, más allá de cualquier análisis, hay algo más íntimo. Mientras la edad que sentimos le pueda llevar la contraria a la biológica, seguiremos siendo valientes. Yo sigo en esa batalla: agitando días, ideas y ganas, y aprendiendo a no temerle ni siquiera al miedo.

Quizá por eso hoy soñamos con una nueva primavera en otoño… y tratamos de retrasar el invierno todo lo posible en las estaciones de nuestras vidas.

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