Estreno la Inteligencia artificial a través del whatsap de mi sufrido teléfono móvil (sufrido por los frecuentes abandonos y malos tratos de su veleidoso dueño), a raíz de la eutanasia aplicada a la joven Noelia Castillo, noticia de la semana, guerras aparte. Y acudo a la IA para evocar una famosa frase de Albert Camus, el Nobel menorquín, sobre el fin voluntario de la vida. Decía Camus que consideraba el suicidio como el único problema filosófico verdaderamente serio…
Y ya puestos en asuntos del fin de la vida, adecuados a la Semana Santa, sigo la estela de las estremecedoras Divinas Palabras de Jesucristo en sus últimas horas: «Padre mío, si es posible aparta de mí este cáliz pero que no sea como yo quiero sino como tú quieras», frase que en mi cósmica ignorancia creía pronunciada en la cruz, pero que la IA me asegura que la emitió Jesús en el huerto de Getsemaní antes de ser arrestado… Buscaba el dietarista una correlación entre la agonía de Jesús y la de Noelia Castillo en su común búsqueda de un humanísimo alivio a su sufrimiento, que no sabemos si le llegó del Padre, pero sí a Noelia, gracias a leyes humanitarias y pese a las innumerables trabas impuestas por el padre de Noelia (este en minúscula) y los beligerantes «abogados cristianos.»
Estamos ante un asunto difícil de asumir y más aún de comentar, especialmente desasosegante por la juventud de la protagonista y su firme determinación (no olvidemos que podía haber revertido el procedimiento hasta momentos antes de la inyección letal). El legislador ha sido escrupulosamente garantista obligando a numerosos dictámenes de diversos médicos. Ante mi incapacidad de emitir un juicio plausible, salvo la certificación de la necesaria primacía de las leyes humanas sobre las divinas, encuentro entre las cartas al director del periódico «El País» un testimonio luminoso que, bajo el título «Morir libre y en paz» firma la lectora de Madrid Silvia Laforet:
«Quiero vivir la muerte como quiero vivir la vida: libre, en paz. Sin el ruido de una sociedad que se escandaliza ante la eutanasia y calla ante la guerra. Que permite el sufrimiento y reza por el milagro de la vida. ¿De qué vida? No alzamos el grito ante la injusticia, del deterioro de lo humano. Nunca te obligaré a morir. Si crees en una voluntad divina propietaria de tu vida, adelante, te acompañaré en el morir. Pero si pido respeto, ahora y en la hora de mi muerte, dámelo. Como yo a tus paliativos. Si pido vivir la muerte con la dignidad que he intentado mantener la vida y tú no quieres ayudarme, al menos calla. Reverencia mi muerte como el acto más importante, más trascendente, de toda mi existencia. Yo sí puedo elegir y elijo. Tanto amo mi vida que soy capaz de elegir mi muerte.»
Bien, estamos en Semana Santa y, como siempre por estas fechas, abro mi baúl de los recuerdos como cofrade de «La Sangre» de la iglesia de San José. En nuestra casa de Ses Moreres estaban dispuestos ya a mediodía los caramelos largos y no necesariamente estrechos, a los que sacábamos punta con los labios. En la cama de mis padres yacían desplegados y a punto los hábitos procesionales, sotana negra, faja granate y el solemne capirote. Me embriagaba el aroma de incienso, y el titilar de los cirios que preparaban amorosamente las monjas de Es Cos, mis monjas. Admiraba con veneración a los cofrades veteranos que lucían su báculo de mando. Soñaba con ser uno de ellos, pero no se dio la ocasión.
Me sobrecogía el magno espectáculo de los oficios religiosos, pero la fe se iba diluyendo en el ambiente casposo de la dictadura. A mi madre no le gustó que dejara el hábito procesional. Mi padre sonreía ladinamente. La universidad estaba a la vuelta de la esquina.