Una de las particularidades del órdago de Donald Trump sobre Groenlandia es que es ofensiva contra Dinamarca, es decir, un país que, como Estados Unidos, forma parte de la OTAN. La isla más grande del mundo depende de Copenhague y estaría, de facto, cubierta por las salvaguardas de la Alianza Atlántica. Washington no descarta una incursión militar para hacerse con el control "por razones de seguridad", repite el presidente estadounidense, pero va cobrando fuerza la opción de una "compra". En todo caso, este no es el primer conflicto entre dos aliados a lo largo de la historia.
Dinamarca es miembro de la OTAN -Groenlandia consiguientemente también-, por lo que un choque militar con EEUU, también aliado, dejaría a la organización sin margen de maniobra. La OTAN no interviene como tal en estos casos y de hecho el artículo 1 de su Tratado obliga a los miembros a resolver sus disputas por medios pacíficos y a abstenerse del uso de la fuerza.
¿Cuáles son los otros ejemplos que, salvando las distancias, se pueden parecer a la situación con Groenlandia?
Las tensiones entre Grecia y Turquía
Es el precedente de más tensión hasta el momento entre dos integrantes de la Alianza Atlántica y además tiene varios capítulos, uno de ellos relativo a Chipre, con minoría turcochipriota. Ankara y Atenas eran los garantes de la isla pero ese equilibrio se rompió cuando en 1974, la dictadura militar griega apoyó un golpe de estado en Chipre con el objetivo de anexionar la isla a Grecia. Turquía respondió con la invasión militar en el norte de Chipre y ambos países estuvieron en guerra directa sin intervención de la propia Alianza.
Además, Grecia y Turquía mantienen una disputa compleja en el mar Egeo por límites marítimos, espacio aéreo y soberanía de islas. El problema es que el Egeo está lleno de pequeñas islas griegas muy cerca de la costa turca, lo que genera interpretaciones opuestas del derecho marítimo y aéreo. Esto ha llevado a interceptaciones constantes de aviones militares, accidentes y crisis diplomáticas recurrentes. El momento más peligroso fue la crisis de Imia-Kardak en el año 1996, con ambos países disputándose dos islotes deshabitados. Esa situación provocó la movilización de tropas en la zona, y el peligro de conflicto directo fue, de nuevo, real.
Francia, contra EEUU en 1966
El momento más llamativo entre dos grandes potencias se dio en 1966 cuando Francia, de la mano de Charles de Gaulle, se salió del mando militar de la OTAN por desavenencias con Estados Unidos. Durante la Guerra Fría, París consideraba que la situación minaba la autonomía estratégica del país por 'dependencia' de Washington, algo similar a lo que pasa ahora mismo con la Unión Europea. Con ese giro, Francia dejó de albergar bases militares estadounidenses, y de hecho no recuperó su puesto en el mando militar de la Alianza hasta el año 2009. Estas tensiones, en cambio, no fueron militares, sino de tipo estratégico o ideológico.
Rencillas históricas entre Hungría y Rumanía
Las tensiones entre Hungría y Rumanía tienen raíces anteriores a la OTAN y se remontan al final de la Primera Guerra Mundial. El Tratado de Trianon (1920) redefinió las fronteras húngaras y dejó a Transilvania dentro de Rumanía, pero con una importante minoría húngara. Desde entonces, la cuestión identitaria, lingüística y cultural de esa minoría ha sido una fuente constante de fricción política entre ambos países.
Una vez terminada la Guerra Fría, Hungría y Rumanía ingresaron en la OTAN (1999 y 2004 respectivamente), lo que ayudó a contener el conflicto dentro de marcos diplomáticos. Aun así, persisten desacuerdos sobre derechos de las minorías, educación en lengua húngara y autonomía local, que periódicamente tensan las relaciones bilaterales. Aunque no ha habido enfrentamientos militares, este caso ilustra cómo la OTAN puede estabilizar rivalidades históricas, pero no resolver por sí sola conflictos identitarios profundos.
Las sanciones de EEUU a Turquía
Estados Unidos también ha tenido rencillas importantes con Ankara; Turquía, de hecho, se ha convertido en el país aliado más habitual en este tipo de contextos. Entre 2017 y 2019, durante el primer mandato de Donald Trump, la desconfianza creció entre ambos socios atlánticos y todo empezó por la compra por parte de Ankara del sistema de defensa antiaérea ruso S-400, algo sin precedentes para un miembro clave de la OTAN. Washington argumentó que el sistema era incompatible con la tecnología aliada y ponía en riesgo información sensible, especialmente del caza F-35.
La Casa Blanca decidió entonces imponer sanciones a Turquía y le expulsó del programa F-35 porque consideró que se estaba acercando a Moscú, rival sistémico de la OTAN y oponente histórico de Estados Unidos que, además, en aquel momento por ejemplo ya se había anexionado ilegalmente la península de Crimea y ya había dejado entrever su voluntad de chocar frontalmente con la razón de ser de la Alianza Atlántica.
Ya en el 2020 Francia tuvo otro punto de fricción con el Gobierno de Recep Tayyip Erdogan. El desarrollo de Ankara en las costas de Chipre durante los años 2010 a cuenta de recursos naturales elevó la tensión de nuevo, y en 2020, en el marco de esos movimientos, París acusó al país aliado de apuntar con su radar a un buque de bandera gala. El Gobierno francés lo consideró un "acto hostil" y la OTAN tuvo que intervenir como mediadora, aunque la tensión no se elevó a términos militares.
Trump por lo tanto no abre una veda realmente con Groenlandia, pero sí puede convertir esta tensión en la más relevante de la historia entre dos aliados. Que se hable, como se ha hecho desde Washington, de "anexión" o se abra la posibilidad al empleo del Ejército ya escala el contexto más que nunca, aunque ahora Washington haya rebajado el tono. Mientras, la OTAN como organización solo podría mediar, pero nunca intervenir si el choque acaba siendo total.
manu menorcaYa estás tardando en partir, valuente.