En un escenario geopolítico en constante ebullición, muchos analistas y expertos en relaciones internacionales han vuelto a poner sobre la mesa la histórica doctrina Monroe, que ha definido la relación de Washington con el continente americano. Esta centenaria política exterior estadounidense experimenta una significativa actualización y reinterpretación por parte de la Administración del presidente Donald Trump. El vertiginoso arranque del año 2026 permite vislumbrar una renovada visión que se materializa en los movimientos políticos y diplomáticos de Estados Unidos. Los recientes acontecimientos en Caracas, que culminaron con la captura de Nicolás Maduro, y las expectativas sobre Groenlandia, una isla ártica bajo soberanía danesa y aliada de la OTAN y la UE, son ejemplos palpables de esta remozada e incierta dinámica internacional.
La agitada coyuntura internacional actual, marcada por tensiones comerciales, conflictos regionales y una reconfiguración de alianzas, ha propiciado que la doctrina Monroe resurja con fuerza en el debate público y académico. La Administración Trump, conocida por su enfoque de 'América Primero' y una política exterior a menudo disruptiva, parece estar redefiniendo los límites de su influencia en el hemisferio occidental y más allá. Esta reinterpretación no es meramente teórica, sino que se plasma en acciones concretas que han captado la atención global. La percepción de una mayor asertividad por parte de Washington, especialmente en regiones consideradas históricamente bajo su esfera de influencia, es innegable y genera diversas reacciones en la comunidad internacional.
Para comprender la magnitud de esta actualización, es fundamental recordar qué es la doctrina Monroe. Proclamada por el presidente James Monroe en 1823, esta política establecía que cualquier intervención europea en los asuntos de los países americanos sería vista como un acto de agresión. Su objetivo original era proteger la independencia de las nuevas naciones sudamericanas frente a las potencias coloniales europeas, aunque con el tiempo se convirtió en un instrumento para la hegemonía estadounidense en la región. La Administración Trump, a diferencia de otras que buscaron matizarla o incluso desvincularse de ella, ha optado por una reafirmación explícita de sus principios, adaptándolos a los desafíos geopolíticos del siglo XXI. Esta visión renovada no solo se centra en el continente americano, sino que parece extender su lógica a otras áreas de interés estratégico y abarcar la práctica totalidad del hemisferio occidental.
Orígenes y evolución de la Doctrina Monroe
La doctrina Monroe, enunciada por el presidente James Monroe en su discurso anual al Congreso el 2 de diciembre de 1823, marcó un hito fundamental en la política exterior de Estados Unidos. En esencia, declaraba que las potencias europeas no debían colonizar ni interferir en los asuntos de las naciones soberanas en América. A cambio, Estados Unidos se comprometía a no inmiscuirse en los asuntos internos de Europa. Sus tres principios fundamentales eran: la no colonización, la no intervención y la separación de los hemisferios.
Aunque inicialmente fue una declaración unilateral sin gran capacidad de imposición, con el tiempo y el crecimiento del poder estadounidense, se convirtió en una piedra angular de su política exterior, especialmente en América del Sur y Centroamérica. A lo largo de los siglos XIX y XX, la doctrina fue invocada y reinterpretada para justificar diversas intervenciones, desde la expansión territorial hasta el apoyo a regímenes afines, lo que le valió críticas por su carácter hegemónico.
Presidentes como Theodore Roosevelt, con su 'Corolario Roosevelt', la expandieron para justificar la intervención en casos de 'mala conducta crónica' por parte de naciones latinoamericanas, consolidando la imagen de Estados Unidos como gendarme del continente. Sin embargo, en las últimas décadas, hubo intentos de suavizarla o incluso de declararla obsoleta, como hizo el secretario de Estado John Kerry en 2013, afirmando que «la era de la doctrina Monroe ha terminado». La llegada de la Administración Trump en su segundo mandato ha revertido esta tendencia, volviendo a ponerla en el centro del tablero geopolítico.
Reinterpretación de Trump: Más allá del hemisferio Occidental
De hecho la Administración Trump ha adoptado una postura que muchos analistas describen como una 'Monroe 2.0', no solo reafirmando la influencia estadounidense en América Latina, sino también proyectando esta lógica a otras regiones estratégicas. El presidente Trump y sus colaboradores han expresado en diversas ocasiones la necesidad de proteger los intereses nacionales de Estados Unidos frente a lo que consideran injerencias externas, ya sean de potencias rivales o de organizaciones internacionales.
Esta visión se alinea con la idea de una soberanía nacional fuerte y una política exterior implacable y transaccional. La actualización de la doctrina Monroe bajo Trump no se limita a la retórica; se observa en una mayor presión económica y diplomática sobre gobiernos considerados hostiles, así como en una reafirmación de la presencia militar y de inteligencia en áreas clave. El enfoque de 'América Primero' se traduce en una menor tolerancia a la competencia geopolítica en lo que Washington considera su 'patio trasero', pero también en una expansión de esa 'zona de influencia' a otros puntos calientes del globo.
El reciente precedente de Caracas y la captura de Maduro
Los acontecimientos en Venezuela han sido, sin duda, uno de los episodios más destacados de esta renovada doctrina. La captura de Nicolás Maduro, que tuvo lugar este mismo mes de enero de 2026 tras meses de intensa presión diplomática y sanciones económicas por parte de Washington, es vista por muchos expertos como una clara manifestación de la asertividad estadounidense en su hemisferio.
Aunque los detalles exactos de la operación aún son objeto de debate y análisis, lo cierto es que el gobierno de Estados Unidos había declarado abiertamente su intención de ver un cambio de régimen en Caracas, o como mínimo, beneficiarse de un cambio radical en la relación con la nación caribeña. La Administración Trump no dudó en calificar al régimen de Maduro como una amenaza para la seguridad regional y los intereses estadounidenses, aplicando una política de máxima presión que, finalmente, derivó en el desenlace conocido. Este hecho, aún fresco en la memoria colectiva, sirve como un ejemplo contundente de cómo la reinterpretación de la doctrina Monroe ya no es solo retórica carente de efectos, sino que al contrario, puede traducirse en acciones directas y de alto impacto en la política internacional.
Groenlandia en la mira geopolítica
Más allá del continente americano, la mirada de Washington se extiende en estos momentos hacia el Ártico, una región de creciente importancia estratégica debido al cambio climático y la apertura de nuevas rutas marítimas y acceso a recursos naturales. La gran isla ártica de Groenlandia, todavía a día de hoy bajo soberanía del Reino de Dinamarca, aliado de facto de la OTAN y miembro de pleno derecho de la Unión Europea (UE), se ha convertido en un foco de interés para Estados Unidos. Las especulaciones sobre posibles movimientos o propuestas relacionadas con la isla han resurgido con fuerza, especialmente en las últimas fechas.
Aunque Dinamarca ha reiterado su soberanía y su compromiso con la población groenlandesa, la presión geopolítica en la región es innegable. La presencia de China y Rusia en el Ártico ha elevado las preocupaciones de seguridad en Washington, lo que podría llevar a la Administración Trump a considerar nuevas estrategias para asegurar su influencia en esta zona vital. La doctrina Monroe, en su versión actualizada, podría ser invocada para justificar una mayor implicación estadounidense en la protección de sus intereses en el Ártico, incluso si esto implica tensiones con aliados tradicionales como Dinamarca y la UE.
A la vista de la realidad la reinterpretación de la doctrina Monroe por parte del gobierno estadounidense tiene implicaciones que trascienden las fronteras del continente americano y el Ártico. En primer lugar, plantea interrogantes sobre el futuro del multilateralismo y las alianzas tradicionales. Si Washington prioriza sus intereses nacionales de manera tan explícita, ¿cómo afectará esto a la cohesión de la OTAN o a las relaciones con la Unión Europea? La tensión con aliados históricos podría intensificarse si Estados Unidos percibe que sus intereses vitales están en juego en regiones donde estos aliados también tienen presencia o soberanía.
En segundo lugar, esta postura podría acelerar la carrera por la influencia global, con potencias como China y Rusia buscando llenar cualquier vacío o desafiar la hegemonía estadounidense en otras partes del mundo. En tal caso la competencia por recursos y rutas estratégicas se agudizará, y la diplomacia se verá sometida a una presión considerable. Finalmente, la aplicación de esta doctrina podría generar inestabilidad en regiones sensibles, especialmente si se percibe como una injerencia en la soberanía de otras naciones, lo que podría desencadenar respuestas inesperadas y escaladas de conflicto. El escenario geopolítico de 2026 se presenta, por tanto, como un tablero complejo donde la influencia de Washington busca recolocarse por la vía rápida y unilateral. Si ello es sostenible a largo plazo dependerá de la propia capacidad de Estados Unidos para mantener su poder económico y militar, así como de la reacción de la comunidad internacional en su conjunto y la cohesión de las alianzas alternativas.