La magistrada Ángela Murillo, primera mujer que ingresó en la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional en 1993, donde fue la primera juez en acceder al tribunal y en presidir una de sus secciones, falleció este viernes a los 73 años.
Murillo se jubiló en septiembre de 2024 tras 44 años en la carrera judicial, de los que 33 transcurrieron en este tribunal especial y en los que se hizo cargo de asuntos de gran relevancia mediática como el 'caso Nécora', el 'caso EKIN', 'Gescartera' o el 'caso Villarejo'. Nacida en Almendralejo (Badajoz), ingresó en la carrera judicial en septiembre de 1980 y su primer destino como juez de instrucción fue en Lora del Río (Sevilla). Por entonces, según recordaba ella misma, tenía 25 años y no era frecuente que el juzgado lo ocupara una mujer. Tal es así que, en sus primeros días, se presentó un hombre en su despacho y le preguntó por su abuelo, dado que la había confundido con la nieta del magistrado.
Tras su paso por los juzgados de Vélez Málaga y Onteniente (Valencia) estuvo seis meses en un juzgado de instrucción de San Sebastián, pero ya ese mismo año (1986) consiguió una plaza en la Sección Séptima de la Audiencia Provincial de Madrid, donde al poco fue nombrada presidenta de la Sección Quinta. Fue en mayo de 1993 cuando accedió a la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional, convirtiéndose en la primera mujer juez que tomó posesión en este tribunal -Manuela Fernández de Prado fue designada a la vez pero tomó posesión posteriormente- y fue la primera mujer juez que presidió una sección de esa Sala, la Sección Cuarta, con mayoría femenina.
Recién llegada a la Audiencia Nacional se le asignó la ponencia del 'caso Nécora' -una de las grandes operaciones contra el narcotráfico de la historia reciente-, y a lo largo de su carrera fue ponente de conocidos sumarios como el de la 'Operación Temple' o 'los Charlines', relacionados con la lucha contra el tráfico de drogas, o de asuntos relacionados con Al Qaeda o ETA. Según explicaban quienes trabajaron con ella, la magistrada nunca perdió la costumbre de escribir con bolígrafo y papel, se llevaba los tomos de los sumarios a su casa, los repasaba, se elaboraba sus propios apuntes y luego redactaba un 'quién es quién' con cada acusado.
Lo hizo así antes del juicio de Al Qaeda y lo hizo también en el 'caso EKIN', donde se juzgó a 56 personas vinculadas a ETA, contaban. De ella señalaban que, cuando se enfrentaba a un juicio, renunciaba a su vida privada. Vivía su trabajo intensamente; tan intensamente que ni siquiera seguía el tratamiento que la prensa hacía del juicio en el que permanecía absorbida. Apuntaban que lo único que le preocupaba era que sus sentencias fueran sólidas.
Recordaban que no dudó en absolver al ya histórico narco Laureano Oubiña en su primera acusación por narcotráfico por presunción de inocencia. De hecho, la propia Murillo aún recordaba que el acusado siempre le decía: «Doña Ángela, yo hachís sí, pero cocaína nunca». Cuando más adelante Oubiña se sentó en el banquillo por tráfico de cocaína, Murillo estaba allí para recordárselo: «¿Ahora qué me dice usted, señor Oubiña?». Quienes siguieron su carrera como juez contaban que, en otra ocasión, Oubiña se atrincheró en el calabozo y no quería subir al juicio, y la magistrada no dudó en bajar al calabozo y convencerle para que el juicio continuara. Murillo, declarada absolutamente apolítica, se definía como «una juez de a pie que no valía para asistir a actos, ponerse mona y sonreír». De hecho, contaban que cuando la plaza de presidente de la Sala de lo Penal estaba vacante, algunos compañeros la propusieron, pero ella no quiso concursar porque ese puesto implicaba mantener también una intensa vida social, y a ella ni le gustaba ni valía para eso.