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¿De qué color ven los gatos? Así funciona la visión felina

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Los ojos de los gatos, con sus vibrantes e intensos colores y sus pupilas verticales, han fascinado a los humanos desde tiempos inmemoriales. Parecen observarlo todo como si vieran algo que se nos escapa y, en cierto modo, lo hacen. La anatomía visual felina está optimizada para su instinto cazador y no necesitan ver como nosotros. El mundo a través de los ojos de un gato es un escenario donde la luz y el movimiento lo son todo.

Aunque es tentador pensar que los gatos ven igual que nosotros, y por eso elegimos para ellos juguetes rojos, mantas moradas o camitas estampadas, lo cierto es que su percepción visual es muy diferente. Ni disfrutan de los arcoíris, ni distinguen el rojo del verde. En lugar de eso, captan matices de azul, amarillo y gris, y donde nosotros vemos detalles estáticos, ellos detectan sutiles movimientos periféricos. Su visión no está diseñada para el color, está diseñada para la supervivencia.

Una visión que prioriza el movimiento

A nivel anatómico, la diferencia más relevante entre la visión humana y la felina está en los tipos de células receptoras presentes en la retina. Mientras que los humanos tenemos tres tipos de conos (células encargadas de la visión diurna y la percepción del color), los gatos solo cuentan con dos. Eso limita su capacidad para distinguir ciertas longitudes de onda y no ven el rojo ni el naranja como lo hacemos nosotros, por lo que probablemente perciben el mundo en una gama reducida de tonos que incluye el azul, el gris y algunos matices de verde o amarillo.

Pero donde pierden espectro cromático, ganan en otros aspectos. Los gatos tienen una alta densidad de bastones, células especializadas en la visión nocturna y en detectar movimiento, lo que les permite orientarse en condiciones de baja luz mucho mejor que nosotros. Además, poseen el tapetum lucidum, una capa reflectante detrás de la retina que actúa como un espejo y amplifica la luz.

Esta combinación los convierte en depredadores crepusculares que rozan la perfección. Perciben mejor que nosotros lo que se mueve en su campo visual, incluso en la penumbra. Pero no distinguen con claridad los objetos estáticos o muy coloridos. Por eso, si un gato persigue un puntero láser, no lo hace porque le atraiga su tono rojo chillón, sino por la trayectoria errática del punto. Y es también la razón por la que los juguetes más eficaces no son los más vistosos, sino los que imitan los movimientos de una presa real.

Limitaciones lumínicas y curiosidades cromáticas

Aunque los gatos se desenvuelven de forma envidiable en la oscuridad, su visión tiene limitaciones en condiciones de mucha luz. Esto es especialmente notorio en gatos con ojos azules, que tienden a tener una mayor sensibilidad a la luz intensa. No se trata de una dolencia, sino de una consecuencia anatómica: el pigmento ocular actúa como un filtro natural, y cuando hay poco o ningún pigmento, como ocurre en los iris azules, entra más luz de la deseada. El resultado puede ser una visión más deslumbrada o borrosa a plena luz del día, algo que también ocurre, en menor medida, en humanos con ojos muy claros.

Otra curiosidad poco conocida es que los estudios sobre visión felina suelen implicar pruebas de comportamiento, ya que, evidentemente, no podemos preguntarles directamente qué color están viendo. En algunos experimentos se presentan paneles de colores junto con recompensas alimenticias (Daria L. Clark y Robert A. Clark) para observar si el gato asocia un color determinado con la comida. Los resultados indican que, aunque sí pueden distinguir algunos tonos, no lo hacen con la precisión de los humanos. Pero tampoco les hace falta, pues su mundo está pensado para cazar con sigilo, esquivar amenazas y trepar sin ser vistos.

Por eso, a la hora de elegir juguetes o complementos, es más útil pensar como gato que como humano. Los estímulos visuales que realmente despiertan su interés son aquellos que se mueven de forma inesperada o que reflejan la luz de maneras intermitentes. Un ratón de tela en tonos apagados, pero con una cuerda que lo sacude, puede ser infinitamente más atractivo que una pelota fluorescente inmóvil.

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