Carmen Gomila (Maó, 1965) habla pasados los 60 años con una energía que ya quisieran muchos jóvenes de 30. Después de pasar 26 en la fábrica del antiguo El Caserío se vio en el paro, luego trabajó de limpiadora en el hospital y en el aeropuerto, encadenando empleos sin lograr una estabilidad. Hace cuatro años sufrió una caída en la calle y pensó que no iba a poder trabajar nunca más. Lleva desde 2018 cobrando el subsidio de mayores de 52 años, apenas 500 euros. Poco a poco ha ido recuperándose de sus secuelas y afirma con un orgullo contagioso que tiene «muchas ganas de trabajar, estoy motivada, quiero aprender, estoy muy bien física y mentalmente, por todos lados», pero –y siempre es el mismo pero– «no está siendo nada fácil con mi edad»
Su caso es uno de cientos, más de medio millar de menorquines mayores de 45 años que se eternizan en las listas del paro en pleno ‘boom’ laboral, que ven como inexorablemente se va acercando la edad de jubilación sin poder volver al mercado de trabajo. «Soy una persona activa, me encantaría trabajar y también cotizar, porque los últimos años de cotización son muy importantes para el cálculo de la pensión, por mucho que hayas trabajado décadas». El problema, explica, es que «ahora quieren gente que vaya muy rápido».
«Me dijeron que no era productiva»
Explica como hace unos meses empezó a trabajar en una fábrica de bisutería de la Isla. Una espina clavada. Le despidieron a la semana. «Me dijeron que no era productiva. ‘He estado 26 años en producción de El Caserío, ¿cómo me puede decir eso?’, le respondí. Me faltan las clases de ordenador, no soy como los de 30 que han nacido con los ordenadores, pero quiero aprender. Me dijeron que no podía seguir. Decían que tardaba demasiados segundos en montar... y yo en el tema del ordenador no estaba formada»... La velocidad del sistema y la modernidad, que a veces deja en la cuneta a los seres humanos.
Pero desde el pasado diciembre algo ha cambiado. «No soy la misma». Gracias a uno de los programas de formación y ocupación impulsados por el Ayuntamiento de Maó a través del SOIB está empleada y «aprendiendo muchísimo». Reitera su agradecimiento casi en cada frase. «Les dije ‘¿pero qué voy a hacer yo, si solo tengo la EGB?’ y me respondieron ‘para algo estamos nosotros, para enseñarte’. Ha valido la pena, les estoy muy agradecida, es una pasada, me encantaría poder seguir trabajando hasta que me jubile». Cuando concluya el programa público, que la forma como auxiliar administrativa, tendrá casi 62 años. A la pregunta sobre si tiene reparos en que salga su nombre, en salir en la foto explicando su caso, la respuesta es clara: «Claro que sí, estoy superorgullosa, no tengo nada que esconder».
És cert que existix l'edadisme. La minusvaloració de les persones d'acord amb l'edat. Les rebutgen per l'aspecte físic i les hi atribueixen manca de qualitats, sense ni tan sols valorar si són capaces de fer una determinada feina. Jo conec molta gent gran, molta gent jubilada que dóna voltes a qualsevol persona jove, amb més capacitat de feina i d'anàlisi que gent que acaba de sortir de la Universitat. Si tornar gran no és plat de bon gust per a ningú, que t'excloguin del mercat laboral per aquest motiu i que això t'afecti per al resta de la teva vida amb els retalls en la pensió es un tema molt seriós que s'hauria de considerar. Probablement, s'haurien de fomentar programes de contractació pública en els aturats grans de llarga aturada. I d'on sorten els doblers dirà algú?. Poden sortir de les innecessàries campanyes de promoció turística (estem a vessar de turistes) i de publicitat pública (es gasten centenars de milers d'euros, només per fer-se propaganda) o de fons europeus que n'hi ha (tot i que no els saben ni demanar aquest governants)