La entrada del mes de mayo agita la actividad turística en Menorca. Mientras algunos locales aún preparan los últimos detalles, el comienzo de la temporada ya es un hecho para otros. Es el caso de Binibèquer Vell, donde varios negocios están funcionando con una alta carga de trabajo.
Al mismo tiempo, los primeros turistas que pasean este mes por la urbanización con el recién estrenado horario de visitas —fijado de 11 a 20 horas— se cruzan con los obreros que trabajan en las reformas de varios apartamentos de la zona: la casa de verano de muchos, la residencia fija de otros pocos.
Turismo civilizado
«Esta siempre ha sido una urbanización privada. Desde sus inicios se conoce como poblado de pescadores, por eso la gente se piensa que somos un pueblo», comienza relatando un residente desde el anonimato sobre los orígenes de la urbanización, cuya familia «compró una de las casas sobre el plano» hace ya 60 años.
Enamorados del lugar, se acabaron instalando, como muchos otros turistas, «por la paz y tranquilidad» que reinaba en aquel entonces y que ahora, según denuncian los propios vecinos, se ha perdido.
«El turismo de masas es un fenómeno que se ha desbordado a escala mundial a raíz de la pandemia. Tenemos que preservar las cosas tal y como estaban, así que no podemos permitir que Binibèquer se quede en nada por culpa de una masificación que trae turistas sin ningún tipo de control y, muchos de ellos, sin ninguna educación», explica el propietario.
El paso público de Binibèquer sigue siendo uno de los escenarios preferidos para inmortalizar y recordar la estancia en Menorca de aquellos turistas que la visitan. | Gemma Andreu
Delante de su casa, afirma que es «habitual» encontrar a gente orinando, arrancando las plantas que cuida, arrojando latas sobre ellas o personas que suben por las escaleras de su casa para hacer fotos. «No estoy en contra del turismo. Todo el mundo es bienvenido mientras sea educado y respete el mobiliario y a la gente que vivimos aquí», sostiene el mismo propietario.
Los vecinos siguen tendiendo la mano al Ayuntamiento de Sant Lluís y al Consell para que les ayuden a «gestionar el turismo». «Hasta ahora nos han dejado 15.000 euros para pintar la urbanización, que es una minucia, pero no queremos dinero. Queremos su voluntad para que nos ayuden», dicen haciendo alusión a la no renovación del convenio económico con la Fundació Foment del Turisme.
A su vez, también hay vecinos en contra de la reducción del horario y apelan a la «convivencia». «Nunca he tenido ningún problema. Quien no quiera que haya ruido y que le molesten, que se vaya a vivir al campo», comenta sin tapujos.
Negocios comprensivos
Por su parte, los comerciantes de la zona entienden la implantación del nuevo horario para que los vecinos vean respetado su descanso. «Estando de vacaciones, todo el mundo tiene tiempo para organizarse y venir a ver el pueblo sin estar aquí a las diez de la noche», apunta una dependienta.
Las terrazas de los bares y restaurantes, repletas de visitantes. | Gemma Andreu
Por otro lado, también señalan que la reducción del horario «no termina de ser la decisión más adecuada para conseguir lo que pretenden los vecinos». «Si realmente se quiere evitar una masificación en Binibèquer, se tienen que aplicar limitaciones en el ámbito insular. Existen muchas entradas distintas a la urbanización que no van a evitarlo», resalta otra empleada.
Sin ir más lejos, las mejoras que se están ejecutando esta semana en la carretera que une Binibèquer con el pueblo de Sant Lluís apenas han tenido incidencia en el alto volumen de visitantes que se registran estos días. «Estamos a principios de mayo y mira ya cuánta gente hay», acaba exclamando un residente.
Sou uns cansats. Poble de estrafalaris