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Los Casero de Maó, ADN revolucionario entre generaciones

Antonio Casero, su hija Sara y su nieto Moritz, comprometidos con el activismo político, social y cultural

Sara Casero, Antonio Casero y Moritz Werner posaron para «Es Diari» en el parque de Es Freginal de Maó, escenario de protestas y luchas sociales durante la Transición | Foto: Gemma Andreu

| Menorca |

Desde el pasado mes de septiembre, el mapa del tiempo de Televisión Española ha dejado de emplear el topónimo ‘Mahón’ y utiliza la forma catalana ‘Maó’, que es el único nombre oficial de la ciudad. Se trata de uno de los logros más visibles de la asociación menorquina Fem-ho en Català, que trabaja por la normalización de la lengua catalana y cuya figura más visible es Moritz Werner Casero (Es Castell, 2000), último representante de una familia menorquina con una larga tradición de activismo político, social y cultural.

La saga comenzó con el abuelo de Moritz, Antonio Casero (Marchena, 1943), un inmigrante andaluz que se estableció en Menorca en 1962, convirtiéndose en una figura clave del activismo antifranquista menorquín y de los movimientos de izquierdas que lucharon por la consolidación de la democracia. La línea familiar continuó con su hija, Sara Casero (Maó, 1973), quien también acumula una larga trayectoria en los movimientos de protesta de la Isla, y ha liderado entidades como la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH) de Menorca. Ahora, esta tradición activista encuentra continuidad en su hijo Moritz.

Sara Casero (sentada) durante la ocupación de la sede del Consell, en 2016, por parte de la PAH. | Archivo

Herencia familiar

La figura de Antonio Casero es bien conocida en la Isla desde que impulsara la creación de entidades como la Obra Cultural en Menorca o el GOB, que han tenido un papel fundamental en la configuración de la Menorca actual, liderando campañas históricas como la que permitió salvar S’Albufera des Grau del desarrollo urbanístico. También militó en el Partido Comunista y fue concejal en el Ayuntamiento de Maó en el primer mandato democrático (1979-1983), volviendo a ser elegido concejal en 1995 durante un breve periodo.

Sara Casero no duda que su compromiso político es fruto del ambiente que respiró en casa desde la infancia y que hunde sus raíces en las dos ramas familiares. Por parte materna, procede de una familia menorquina «republicana y anticlerical» cuyos valores, asegura, impregnaban con naturalidad la vida cotidiana. Esa misma sensibilidad política se veía reforzada por la rama paterna, vinculada a los Casero Rodríguez. «De los abuelos de mi madre heredamos una formación y una conciencia muy marcadas, porque el hilo transmisor no venía solo de un lado, sino de los dos», remarca.

Joan Comas Camps (en el centro) en la casa de Antonio Casero (primero por la izquierda), punto de encuentro del antifranquismo en los setenta. | Familia Casero

De esta manera, el activismo político de su padre durante los años setenta marcó profundamente la dinámica familiar de Maó, a lo que se sumó el papel de su madre. «Nuestra infancia fue muy diferente a la del 95 por ciento de los menorquines de nuestra generación, porque mi hermano Isaac y yo nacimos durante la dictadura, pero crecimos en un entorno político y social que no era el habitual», relata Sara. La familia acudía junta a actos, reuniones y celebraciones organizadas por diversos colectivos y movimientos de la época, por lo que política y el activismo se vivían en casa como una cosa cotidiana.

Ese ambiente incluía una amplia red de amistades y militancias en Menorca, Catalunya y Madrid, y la casa familiar, un piso de protección oficial de los años setenta, se convirtió en un punto de encuentro permanente, por el que pasaban desde activistas locales hasta militantes catalanes, amigos y figuras políticas de aquel periodo de profundos cambios sociales. «En el piso de mis padres entraba todo el mundo, y era un lugar de paso, de conversación y de intercambio constante», rememora Sara.

Sara, Antonio y Moritz, en Es Freginal. | Gemma Andreu

Ese entorno forjó una forma particular de entender el patrimonio familiar, por lo que Sara Casero insiste en que la herencia que ha recibido no es material, sino humana. «No tenemos una barca, ni una viña, ni un chalet en Cala Llonga. Nuestro patrimonio son las personas y toda esa red de afectos y luchas compartidas», enfatiza. Una educación sentimental marcada por la conciencia de clase, la convivencia con personas comprometidas y la convicción de que la democracia y la participación política conllevan sacrificios, pero también una enorme riqueza humana. «Mis hijos entendieron que su padre podía haber ganado mucho dinero trabajando y renunció a todo para defender a la clase trabajadora y la cultura», afirma Antonio.

Tercera generación

Todo este legado familiar también llegó a Moritz, que sitúa sus primeros recuerdos en manifestaciones como las del ‘No a la Guerra’, en las reuniones de la PAH que se celebraban en su casa o en alguna    visita al local de Esquerra Unida, en la calle Isabel II de Maó. Todo ello hizo que desarrollara muy pronto la conciencia de formar parte de una familia de izquierdas. «De pequeño ya era consciente de ello, aunque no supiera muy bien qué significaba. Sabía que mi abuelo había tenido un papel importante y que mi bisabuelo había estado encarcelado en La Mola», señala.

La primera participación activa de Moritz llegó en cuarto de la ESO, cuando colaboró en la creación de Joves per la Pública, que terminó organizando las protestas estudiantiles contra la ley Wert, logrando un gran seguimiento. Tras aquella movilización llegaron otras batallas, como la «guerra de las calderas», con la que consiguieron mejorar la calefacción del IES Cap de Llevant y de otros institutos de la Isla. «Al final, firmamos la paz con el entonces conseller de Educación, el socialista Martí March», recuerda.

Moritz Werner toma la palabra durante una protesta estudiantil en 2017. | Archivo

Con esa etapa ya cerrada, se trasladó a Barcelona, donde a partir de 2022 inició su activismo lingüístico, que lo llevó a fundar, junto a otras personas, la asociación Fem-ho en Català. Esta militancia lingüística vuelve a encontrar su origen en el legado familiar, pues una influencia decisiva para él fue la figura del político y activista cultural Joan F. López Casasnovas, quien mantuvo una estrecha relación con Antonio Casero y a quien Moritz trató desde pequeño. «Venía mucho a casa y era una figura muy presente», recuerda. Aun así, fue después de su muerte cuando redescubrió su obra, a través de libros como «Jo vull el vol dels falcons», que terminaron de perfilar su visión de la defensa de la lengua catalana desde una mirada social e integradora.

«El activismo y el compromiso político en nuestra familia vienen de serie, pero nunca nadie ha impuesto nada. En casa hemos tenido grandes discusiones, pero cada uno ha podido elegir libremente», concluye Sara Casero.

Fem-ho en Català

El activismo de Moritz Werner en el ámbito de la normalización lingüística le ha llevado, pese a su juventud, a presentar centenares de reclamaciones y peticiones ante prácticamente todos los ayuntamientos de Menorca, así como ante diversas administraciones de Balears e incluso ante el Ministerio de Justicia.

Todo empezó cuando vio que, en Es Castell, su municipio natal, el Ayuntamiento escribía mal en ocasiones la contracción del artículo salado. A partir de ahí, comenzó a presentar instancias para hacer cumplir la normativa lingüística y acabó creando, junto a otros activistas, la asociación Fem-ho en Català. Desde esta entidad han conseguido que el mapa del tiempo de TVE utilice las formas «Maó» y «Eivissa», en catalán. También han logrado que los juzgados y tribunales de Balears empleen los topónimos oficiales en lengua catalana de sus sedes y que Palma deje de ser «de Mallorca» en el DNI, entre otras muchas victorias.

El apunte

Antonio Casero, una figura destacada en la lucha por la recuperación de la democracia

Antonio Casero es una figura destacada de la lucha antifranquista y de los años de la Transición en Menorca, cuando el comedor de su casa se convirtió en el escenario de innumerables reuniones por las que pasaron numerosas figuras del ámbito político, social y cultural. Fue concejal de la primera corporación del Ayuntamiento de Maó elegida democráticamente, por el Partido Comunista, y el impulsor de iniciativas como la sustitución de los nombres franquistas de las calles de la ciudad, incluso antes de la aprobación del Estatut d’Autonomia de les Balears.

Fue él quien propuso, por ejemplo, que la plaza del Generalísimo Franco fuera rebautizada como Plaça de la Constitució, y logró que el pleno lo aprobara el 6 de diciembre de 1982. Él mismo encargó la placa al marmolista y llamó a un albañil para que la instalara al día siguiente. Suya fue también la idea, junto a Ferran Gomila, de crear la Obra Cultural Balear de Menorca, una entidad clave durante los años setenta y ochenta para la recuperación de la lengua catalana, la protección del territorio y la consolidación de la democracia en la Isla.

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