La profesora Laura Rius ofreció ayer, en el Seminari, la segunda conferencia del Institut Diocesà de Teologia. El tema era el discernimiento cristiano, que ha sido una de las cuestiones destacadas del Sínodo sobre la sinodalidad (2021-2024). Es un avance en la búsqueda de «un estilo necesario para la Iglesia» para la pastoral y para poner en práctica en las comunidades parroquiales.
Laura Rius es Licenciada en Filosofía, Pedagogía y Ciencias religiosas, postgrado de Acompañamiento Espiritual. Dedicada a la espiritualidad ignaciana y los Ejercicios espirituales.
En la entrevista opina sobre el interés de los jóvenes por la religión, la situación en Gaza y la actitud ante la inmigración.
Nos puede definir en qué consiste el discernimiento para la fe cristiana
—Discernir significa buscar conocer la voluntad de Dios Padre sobre una realidad para realizarla y transformarnos de esta manera en instrumentos de su acción salvífica. En pocas palabras es vivir como hijos e hijas de Dios.
¿Discernir es más necesario que nunca para una sociedad en crisis?
—Diría que discernir forma parte de la condición humana y en toda cultura y época histórica el ser humano se encuentra abocado a buscar esa luz con la que poder andar el camino de la vida. Podríamos decir entonces que siempre es necesario, pero sin duda en contextos de cambio de época como el actual discernir debería ser una tarea no solo ineludible sino también urgente por el cambio que se produce en los marcos de referencia culturales. En este contexto de transformación, fascinante pero a la vez lento y doloroso, a veces me parece que en lugar de disponerse a buscar los caminos de la autenticidad humana y cristiana, los intentos se dirigen más a apaciguar la angustia causada por la incertidumbre.
Algunas encuestas apuntan a que los jóvenes vuelven a mostrar interés por la religión católica. ¿Cómo lo interpreta?
—Desde mi punto de vista, podría ser una reacción al inmanentismo y consumismo en los que ha derivado nuestra civilización y por ello inicialmente sería una respuesta a valorar positivamente. La responsabilidad, para mí, recae sobre los adultos quienes debemos acompañar esos deseos de la juventud mostrándoles que la religión católica o la Iglesia no son finalidad en sí mismas, sino que están al servicio de la realización del Reino de Dios y su piedra angular es un Jesús que fue pobre y humilde.
Como pedagoga, ¿cuál debe ser el objetivo de la clase de religión en los centros públicos o concertados?
—La clase de religión, como el resto de materias del currículum escolar, tiene como objetivo el desarrollo de las capacidades del alumnado. El ser humano tiene la capacidad inherente de ir más allá de sí mismo y de la existencia material de su entorno. La escuela debería garantizar la formación de esa capacidad que se encuentra a la base del sentido de la vida, de la moral y del uso de la libertad de una persona. Además, la religión constituye un elemento clave de nuestra propia cultura y civilización; ayuda al diálogo con otras culturas y religiones y a la mutua comprensión de las personas en una sociedad laica.
¿Cuál cree que debe ser la posición de un cristiano ante el conflicto de Gaza?
—De este conflicto que, más allá de la conflictividad inmediata, es en realidad resultado de poderosos intereses políticos y económicos, puedo opinar como cristiana. Del Evangelio se sigue que toda vida es sagrada independientemente de su etnia o religión, que es esencial la opción por los pobres y oprimidos, que todo sufrimiento inocente es sufrimiento de Cristo, que la paz brota de la justicia, del diálogo, del mutuo reconocimiento y es necesaria la renuncia a la violencia y venganza.
Si discernir es distinguir entre el bien y el mal. ¿Cómo se ha de posicionar una persona cristiana ante la inmigración?
—Preferiría decir que, en realidad necesitamos discernir ante dos cosas que son buenas, pero solo una de ellas, es voluntad de Dios para esa persona concreta y su contexto. Si hablamos de inmigración estamos usando un concepto abstracto que deriva de un hecho primero: la movilidad de personas en dificultad. Tener delante personas en lugar de tener problemas cambia totalmente el planteamiento de la respuesta. Lo propio de una persona cristiana es compartir los sentimientos de Jesús, es decir, el amor y compasión por todo ser humano, especialmente los marginados y pobres. Desde esa acogida y respeto, la actuación de una persona cristiana concreta dependerá de sus circunstancias personales. La relación con las personas recién llegadas obviamente será distinta si eres alcalde de un pueblo, empresario, vecina, compañero de trabajo o de escuela, y en cada caso la persona cristiana debe discernir cómo concretar las palabras del Evangelio: «¿Quién de estos tres te parece que fue el prójimo del que cayó en manos de los salteadores? Él contestó:—El que tuvo compasión con él. Jesús le dijo:—Vete y haz tú lo mismo.» Lc. 10, 37
Señora Laura, se refiere usted a esos seres de luz, que se pasean con el cuchillo en el bolsillo e incluso alguno machete en mano?