Hace dos días una amiga de Odesa me escribió y me dijo: «Hace mucho frío y el agua de mar forma estalactitas en Langeron Beach. Todos los días y todas las noches, continúan los bombardeos sobre la población y edificios civiles. Cada vez que oyes el ‘shaheed’ sobrevolando tu casa, piensas que es el fin y cuando explota en otro lugar, exhalas, aunque sabes que ha matado a otras personas. Después, ese sonido te queda en los oídos durante mucho tiempo y te rompe el corazón. Pero, sí, aguantamos, creemos y lo sabemos: todo será Ucrania.»
Después de ese mensaje decidí sacar del cajón un pequeño texto que tenía guardado hace varias semanas sin publicar. Así como una corta entrevista a un comandante de la Tercera Brigada de Asalto Separada. Aquí os lo dejo.
Durante tres semanas hemos recorrido, mi compañero Miguel Ángel De la Fuente y yo Ucrania, por octava vez desde el inicio de la invasión rusa, con una pregunta clara: cómo afronta la población de Odesa, Járkiv y parte del frente oriental el invierno tras meses de bombardeos, alarmas aéreas constantes y una guerra que se ha cronificado.
En Odesa, ciudad estratégica del mar Negro, la actividad continúa bajo una normalidad frágil. Los ataques con drones y misiles, especialmente nocturnos, han vuelto a intensificarse en las últimas semanas, dirigidos contra infraestructuras energéticas y portuarias. La población convive con cortes eléctricos intermitentes y una rutina marcada por las sirenas. Aun así, comercios abiertos, transporte público operativo y escuelas en funcionamiento reflejan una voluntad clara de mantener la vida civil en marcha.
El temor principal no es inmediato, sino acumulativo: otro invierno con problemas de suministro energético. Las autoridades locales han reforzado refugios y puntos de calefacción (puntos de invencibilidad los llaman), mientras los ciudadanos se preparan con generadores, linternas y baterías externas. No hay pánico, pero sí cansancio. El discurso es pragmático: «sabemos lo que viene».
Járkiv presenta un escenario distinto. Situada muy cerca de la frontera rusa, ha sido una de las ciudades más castigadas desde 2022. Aquí, la destrucción es visible y cotidiana. Barrios enteros muestran edificios dañados o abandonados, aunque la ciudad sigue habitada y activa. Las alarmas aéreas suenan varias veces al día y ya no detienen la actividad: la gente ajusta sus movimientos, pero rara vez se refugia salvo en ataques inminentes.
El estado anímico en Járkiv es de resistencia contenida. No hay triunfalismo, pero tampoco señales de rendición. La población asume que la guerra será larga y que el invierno traerá nuevas dificultades, especialmente si se repiten los ataques sistemáticos contra la red eléctrica nacional.
En el este, cerca de la línea del frente, el ambiente cambia de nuevo. El paisaje está dominado por posiciones defensivas, carreteras dañadas y pueblos semivacíos. Los soldados se preparan para combatir no solo al enemigo, sino al clima: barro, frío extremo y humedad constante. El invierno es considerado un factor táctico clave, capaz de ralentizar operaciones y aumentar el desgaste humano y material.
Tras estas semanas, la conclusión es clara: Ucrania entra en el invierno sin ilusión, pero con determinación. El ánimo general es de agotamiento, sí, pero también de adaptación. La guerra ha dejado de ser una excepción y se ha convertido en el marco en el que se desarrolla la vida diaria. Entre sirenas y bombardeos, el país no espera el final inmediato del conflicto; se prepara, simplemente, para resistir un invierno más.