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Amor a una caja.

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Domingo. Muelle de la Isla del Rey.
Los voluntarios llegamos con la ilusión intacta del reencuentro; tanto, que ya hemos aprendido a saludarnos, como mínimo, en cuatro idiomas distintos. Rápidamente cada cual se dirige a su puesto. El mío: Restauración.

Empiezan a oírse las primeras voces:
—¿Quién ha traído esto?
—¡Madre mía, vaya trasto!
—¡Milagros a Lourdes!

Cada semana aparecen baúles, sillas, muebles y otros objetos de procedencia desconocida, donaciones que llegan cargadas de misterio. Todos ellos tienen una historia: muestran el desgaste, las huellas del tiempo inexorable y cruel que a veces duele. ¿Quién se sentó en esta silla? ¿Quién guardó su corpiño de terciopelo, envuelto en papel de seda, en este canterano? ¿Cuántas veces reflejó un rostro este espejo?

Cada pieza está impregnada de una energía propia, de un espíritu que las acompaña. Han llegado a la Isla para descansar y, tras un merecido lavado de cara, recuperar su belleza. Os sorprenderíais de los pequeños —y no tan pequeños— milagros que suceden cuando la materia prima es el amor por el trabajo que hacemos.

Este otoño llegó un objeto muy especial: una caja fuerte. Guardiana de tesoros y secretos. Nadie sabía, como casi siempre, quién la había traído ni de dónde procedía. Simplemente estaba allí. Nos miraba, y nosotros la mirábamos.

En ese instante, uno de los corazones de mi Isla —mi jefe y coronel retirado favorito, Pepe Vilafranca — se acercó. Un hombre como los de antes, con una vitalidad que ya quisiera yo para mí. Me observó con esos ojos pequeños que asoman al fondo de su rostro: dos zafiros diminutos cargados de la sabiduría de una vida intensa. Sonrió de medio lado y dijo:
—Amparo, esto es para ti.

Uff….nos miramos. La observé detenidamente, intentando adivinar por dónde empezar: la pintura desgastada, las cenefas casi borradas, las ruedas de combinación de bronce teñidas de ocre. ¿Y la llave? Estaba cerrada.
—¿Qué hay dentro? —pregunté.
—Ni idea. Seguramente esté vacía —respondió.

Saqué el móvil para fotografiarla y poder reproducir en casa la geometría decorativa que apenas se intuía. Al revisar las imágenes, estaban borrosas. Ninguna había salido bien. Qué extraño. Tendría que esperar al próximo domingo.

Volví cargada de energía. Empecé a limpiar, a frotar los discos de combinación y, de repente, la puerta se abrió.
¿Qué…? ¡Vaya!

Miré dentro con ansiedad, iluminando el interior con la linterna del móvil: polvo, suciedad… espera. Unos folios amarillentos y un sobre abierto. Empecé a leer: nada relevante, números, facturas antiguas en francés. Entonces abrí el sobre.

Dentro había una carta fechada el 14 de enero de 1910, con matasellos de Marsella, dirigida a una tal Claire.

Amada mía:

El próximo 9 de febrero embarcaré en el Général Chanzy rumbo a Argel. Te llevo las piezas de seda marfil y el encaje que me pediste y por fin podrás hacerte tu soñado vestido para nuestra boda. Estoy deseando verte por fin y que seas mi mujer. Nos vemos pronto. Tuyo. Pierre

Me temblaban las manos....no podía ser.......fue el barco que el 10 de febrero se hundió frente a las costas de Ciutadella. ¿Claire? Busqué en el remite de la carta pero salvo el nombre, era ilegible, imposible. ¿De dónde diantres viene esta caja fuerte? Por un momento sentí un escalofrío, una sensación de no estar sola. Mi pensamiento, mi imaginación se centró en esos jóvenes, en esa historia de amor truncada, una historia como tiene cada pieza que descansa en la Isla del Rey e ignoramos. No dije nada a nadie. Salí al jardín de las aromáticas y en un rincón húmedo y sombrío todavía crecían delicadas violetas. Hice un pequeño ramillete y lo metí junto a la carta de los enamorados en la caja dando vueltas a la combinación con el fin de sellar y guardar esa historia para siempre. Me mordí el labio y una lágrima resbaló en mi rostro.

La caja fuerte está restaurada y luce orgullosa en una sala. Volví a fotografiarla y un hermoso resplandor dio vida al objeto o eso me pareció.

Ven a verla, ven a ver las mil historias de amor que atesora la Isla del Rey, para ti, siempre.

Amparo López Parras

Voluntaria


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