Marga tenía dieciséis años, dentro de cuatro meses cumpliría los diecisiete, ello equivalía que por fin su familia la dejaría respirar. Era una más de las jovencitas que los sábados y domingos paseaban, calle Nueva arriba, calle Nueva abajo, llegando hasta el final de la Ravaleta, o mejor dicho, el escaparate del señor Juanito Sturla que siempre tenía expuestas las últimas novedades ciudadanas. Venía a ser una especie de revista "Hola" en imágenes. Fulanita se ha casado con zutano... y allí mismo frente aquel marco, las comadres se permitían tallar es bacallà, unas criticando el escote del vestido, otras diciendo que tanto velo era excesivo, mientras que alguna se le escapaba un lagrimón al pensar que había echado por la borda sus mejores años de juventud festejando aquel mostachudo con cara de enfoton, plantándola, compuesta y sin novio, a cambio de la que posaba, diez años menor, la cual con pose risueña parecía decir ... jo te l'he fotut.
Precisamente aquella mañana, de bajada por la calle del Carmen, junto a mi querida amiga Mariluz Pastor, amigas desde que nacimos, y aún hoy mos estimam molt, ni tan siquiera pensamos en pararnos en casa Sturla, ni fer-hi prop, topándonos con multitud de gentes, nuestra meta, encontrar un lugar idóneo, a ser posible en primera fila, cerca de aquel muchacho que desde hacía una temporada, se hacía el encontradizo, al salir del colegio de San José, donde recibía clases de teneduría de libros y cálculo mercantil, por una religiosa irrepetible por su valía como fue mi querida sor Antonia, la cual todos los años presentaba a exámenes a sus alumnas en la academia Cots de Barcelona, para obtener la titulación.
Con qué alegría y entusiasmo, participé de aquel soleado día de primavera, en que por vez primera contemplé mi ciudad de Mahón repleta de gente, como a buen seguro no volveré jamás a contemplar. Las calles y plazas repletas de familias enteras llegadas desde las otras poblaciones de Menorca. Jóvenes y ancianos, con sus hijos pequeños en brazos, altres a becoll. La cuestión era poderlo ver lo más cerca posible. Hasta incluso puede decirse que la meteorología fue propicia, un espléndido sol acompañó la jornada. Ni un murmullo, ni una brizna de nuestra consabida tramontana se atrevió a salir des seu enfony, enturbiando el placentero 11 de mayo de 1960.
Hacía semanas, ¡qué digo!, meses, que todos comentaban lo mismo, por fin también nuestra isla seria visitada por el Generalísimo. Y claro que sí, que me ilusionaba, como novedad, porque era joven y las ansias a estas cosas, resultaban novedosas. Tal vez, la postura de mis padres me habían inducido a ello. Jamás escuché comentario alguno, ni a favor ni en contra de nadie.
Aquel mecánico de la motora, que había empezado a trabajar en Transportes Militares (Intendencia) a los diecisiete años, de botero en uno de los botes del Hospital Militar, solía hacer hincapié, que jamás había tenido problemas en su puesto de trabajo, ses coses sempre li havien funcionat cap endavant. Cuando en España reinaba Alfonso XIII, más tarde llegó la república, pasó la guerra siendo destinado de motorista (pirata del Mediterráneo) en el motovelero Abel Matutes que pertenecía a Intendencia. Finalizó la guerra, llegó Franco y él, siempre perteneció a Transportes Militares, jamás tuvo rifirafes con nadie.
Por el contrario, ayudó a muchísima gente de cada bando, en situaciones muy difíciles y delicadas. Ayudándolos a cruzar el canal, desembarcándolos en el muelle de Barcelona. A otros, realizando el trayecto a la inversa, Llevando comida a familias de aquella ciudad, que se encontraban en la máxima miseria. Los llamados rojos les habían arrebatado cuanto tenían, incautándoles fábricas, maquinaria, casas, coches, encarcelando al cabeza de familia en una checa, que venía a ser un nicho de cementerio, con la particularidad de que encarcelaban a seres humanos vivos, que en su expediente no podía encontrarse referencia negativa alguna, a no ser una buena persona, honrada, padre de familia católico que había dado trabajo a muchísimas familias.
Y no digamos la cantidad de viudas de guerra, esposas que nada sabían de sus maridos desde que se inició la contienda, a todos intentaba ayudar, mientras a unas les entregaba aceite, azúcar, jabón, a otras les proporcionaba medicamentos que aquí no se encontraban, y todo a cambio de nada, la satisfacción de poder tender una mano amiga a la vez que caritativa al prójimo.
Gracias a su buena relación amb tothom, Gori ayudó a infinidad de gentes. Acabada la guerra, intervino a favor de amigos y conocidos suyos que figuraban en la temible lista negra, salvándoles la vida gracias a su intervención.
Este cúmulo de cosas me respaldaban el poder aplaudir con ansias, a la vez que desde aquella plaza de Santa María todos gritaban "Franco, Franco, Franco". Era nuestro jefe, aquí se disponía de trabajo, Mahón prosperaba, las urbanizaciones se iniciaban, llegaban turistas, los padres de familia habían podido ahorrar una casa y se hacían sa caseta, disponían de moto o coche, los chicos que valían para el estudio iban al instituto, disponíamos de la seguridad social, sin colas ni retrasos, la Gesa funcionaba y el campo también. Sin olvidar la paz ciudadana , durmiendo con las puertas abiertas, qué mas se podía pedir... Y por favor, no me tachen de facha porque ni lo fui, ni lo soy, por no ser, ni tan siquiera pertenecí a la sección femenina, pero intento ser realista.