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Contigo mismo

Aquí no hay quien viva

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No son las cifras, los índices, las promesas los que os demostrarán si vuestro presente es malo. Bastará con salir a la calle con los ojos abiertos, no para ver, sino para observar; con los oídos atentos; con la mente receptiva; con la sensibilidad desperezada... En la cafetería en la que sueles tomar tu primer café, la vida, personificada en seres de carne y hueso, te regala, desatenta, los primeros indicadores: X intenta levantar un negocio. Sobre sus hombros, el peso o el lastre de una burocratizada administración, de unos impuestos abusivos con los que pagar facturas ajenas, del desaliento. A tu lado, el hermano de un director de centro expedientado que aguarda, con la desesperación de los días sin respuesta, una resolución que no llega, por imposible. La que se te antojará irremediablemente injusta. Y la ausencia de tantos viejos personajes del lugar que dejaron la huella de su ausencia porque ya no podían permitirse el euro con veinte de su cortado... En su compañía abres«Es Diari»y el Presidente del Govern te anuncia para 2015 la instauración en la isla de un servicio de radioterapia. ¡Bien! Mal. Tarde. ¿Cuánto dolor se añadirá a la enfermedad con las jornadas interminables que median entre el hoy y ese año lejano? A un político -piensas- se le podría perdonar casi todo. Menos la falta de caridad. Paralelamente, se adeudan las cantidades cuyo desembolso el cáncer exigió. ¿Es asumible tanta falta de misericordia, de sensibilidad? Y, por si quedara todavía una rendija para la esperanza a la que asirse, la cubre desde la mezquindad una oposición desnortada.

En las aulas, luego, se sigue dibujando el lienzo. Hay alumnos envejecidos prematuramente porque las penurias económicas han entrado, desatentas, en los hogares de muchos. Os consta que hay quien ya no tiene para el bocadillo. O para abonar esa simbólica cantidad que se le exige para acudir a una representación teatral. Algunos viven en familias desestructuradas, no siendo la crisis ajena a esa paulatina desintegración. Y, mientras los alumnos asisten al generalizado espectáculo de la corrupción política, tú sigues intentando venderles la verdad que no comprenden: que lo que cuenta es la honradez, el trabajo bien hecho, el esfuerzo personal, el respeto, la honestidad... Pero ni los versos de Machado parecen convencerles: El hoy es malo, pero el mañana... es mío. Y te miran con ojos de sorpresa, como preguntándose si serás tú de este mundo. Porque, en el suyo, no prima la poesía, sino Bárcenas o Ronaldo o cualquier Princesa del Pueblo...

Sales finalmente con un qué hacer bajo el brazo. Transitas por calles familiares que te parecen ya otras: cafeterías vacías que evocan viejos salones de ajados westerns; letreros en los que se venden pisos donde habitan, invisibles, sueños rotos por entidades bancarias que los crearon y luego quebraron; pequeños establecimientos silenciados por las grandes superficies...

En tu barrio te topas después con quien sigue aguardando ayudas a la dependencia; con quien vive solo, desasistido; con quien mendiga un trabajo temporal...

Y, ya en casa, cometes, en esa jornada reveladora, un error: ver «Magic call», una aterradora visión sobre Wall Street y la crisis financiera de 2008. La película de J.C.Chandor te reafirma en los peligros, indebidamente valorados aún, del capitalismo... En la convicción de que nadie conoce ya a nadie y de que quienes rigen los destinos del mundo son perfectos desconocidos que inciden, pero, de lleno, en vuestras vidas... Incluso en las de esos seres entrañables que desayunan contigo diariamente en el bar, esperando...

No obstante, seguirás apostando ante tus alumnos por Machado, renegando de quienes hacen de vuestra existencia algo difícilmente llevadero, movidos por la codicia y por el poder... Porque a lo que no estás dispuesto, a lo que no debéis estar dispuestos, es a que os hurten lo único que parece quedaros: la esperanza, cuando no la dignidad.

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